El Homo Interrete: entre la posverdad y las fake news.

La creación de la web 2.0 sustituyó una comunicación vertical y unidireccional por una horizontal y multidireccional prácticamente incontrolable. Esto permitió o facilitó el desarrollo de las redes sociales, esas que rápidamente se volvieron parte fundamental –cuando no esencial- de nuestra cotidianidad. La comunicación horizontal, la posibilidad de crear mensajes o contenidos han empoderado al usuario y con ello a las redes sociales; se acelera y multiplica nuestra capacidad de comunicar. Es por ello que a pesar de la juventud de espacios como Facebook, Twitter, Youtube o Instagram, ellas han tomado, o mejor dicho, les hemos otorgado un rol trascendental en nuestras vidas y en la dinámica social; nuestra presencia en ese mundo virtual, da fe de nuestra existencia en el real. Esa presencia en las redes sociales exige participación constante, aunque no compromiso. Debemos participar de los debates, de los trending topics, al menos dando like; en realidad no importa si nuestra postura se expresa en acción real, basta con que sea acción virtual, compartir un post. Nuestra presencia en las redes sociales dice “Aquí estoy, publico, soy parte de la comunidad, luego existo”. Este fuerte vínculo entre nosotros y las redes sociales, parece mostrar que hemos transitado del Homo Videns de Giovanni Sartori –para el que sólo existe lo que ve en la pantalla- al Homo Interrete –para el que sólo es, existe y es verdad, lo que aparece en internet-.

Esta nueva forma de comunicación fue aprovechada por algunos políticos como Barack Obama, a fin de parecer más cercano y en contacto con sus probables electores, pero principalmente para construir una imagen de receptividad a sus inquietudes, opiniones, necesidades, etcétera; una imagen no necesariamente verdadera, sin embargo, esta estrategia le permitió la reproducción de sus mensajes políticos a través de sus simpatizantes y entre los probables electores. Esta comunicación horizontal es mucho más efectiva toda vez que es entre pares, entre usuarios, entre quienes la relación es más honesta y confiable. Esto dio pie a la llamada Política 2.0, en la que es posible la comunicación entre los políticos (no sólo funcionarios de gobierno) y los ciudadanos, generando con ello –o esperando generar- participación y colaboración entre ambas partes. La participación política a través de internet, expresada esencial pero no únicamente en las redes sociales, dio lugar al ciberactivista, así como al hactivista. Sin duda esta nueva herramienta ha ayudado a crear e impulsar mecanismos democráticos profundamente necesarios, principalmente en países con gobiernos en crisis y/o colapsando. No obstante, las mismas condiciones que han hecho posible la conexión, expresión e incluso articulación de descontentos sociales, también han abierto la puerta serias amenazas a la democracia y a procesos sociales más simples pero igualmente importantes: la posverdad y las fake news; ambas son características de la Administración Trump, pero en realidad están mucho más cercanas a nosotros de lo que nos gustaría admitir.

Muchos son los conceptos que han nacido derivados de la comunicación en las redes sociales y nuestras acciones –desde emojie o selfie, hasta whatsappear- pero sin duda el más preocupante hasta ahora es el de posverdad. El concepto –posverdad- hace referencia al peso que tienen las emociones y las creencias en la conformación de la opinión pública, por encima de los hechos; ya sean los comprobados y comprobables o los aceptados convencionalmente por información que así lo indica. Si esto fuera en una perspectiva pragmática (Alexander Bain) no habría problema, pues la validez de las creencias lo establece su contrastación con la realidad, pero no es así, la posverdad se mantiene en el ámbito de las ideas, de lo abstracto, de la manipulación, de la creación de una percepción de la realidad sin sustento. El problema es que las redes sociales han sido el vehículo idóneo para la reproducción y expansión de la posverdad, debido a que los usuarios (mayormente) no están acostumbrados al discernimiento, a la evaluación, el análisis o cuestionamiento; se limitan a reproducir o rechazar las publicaciones, los posts. Este comportamiento es simplemente una extensión de una generación –o varias generaciones- que perciben no tener tiempo para construir, y para quienes la inmediatez es lo más importante. Generaciones para las que la verdad, lo cierto, lo correcto, no es el elemento que discierne, sino simplemente consideraciones dispensables y sujetas a las creencias personales, sin duda y sin falta, sustentadas por algún líder de opinión express, salido de Youtube o Facebook.

La posverdad no es un fenómeno nuevo, pero su alcance es inconmensurable dadas las condiciones y características de las herramientas comunicacionales. Siempre hemos buscado sustentar nuestras opiniones y siempre lo haremos, pero para ponderarlas están los hechos, no nuestras emociones. Es peligroso, lo dice la historia sino el sentido común, racionalizar desde la pasión, desde la emoción, desde las filias y fobias. Nos divierte, nos asombra, pero sobre todo nos angustia que diversos políticos, por ejemplo el presidente Trump, base su administración en la posverdad, en generar creencias con mentiras, pero él –y otros- simplemente juegan el juego que millones o miles de millones jugamos todos los días: crear y crearnos ideas con base en ocurrencias, en encabezados o en las fake news, es decir, la cultura online.

Las redes sociales, y particular Facebook, se han convertido no sólo en espacios de interacción entre usuarios, sino en espacios de información. Eso no en de suyo perjudicial, el problema es que –una vez más- los usuarios no analizan la información, de hecho muchas veces ni siquiera la observan. Información falsa circula por las redes sociales constantemente, y esto no obedece a errores en la nota, apreciaciones incorrectas o inclusive a interpretaciones sesgadas, sino que es creada por empresas que se dedican precisamente a difundir notas falsas o videos manipulados, con el objetivo de generar ideas erróneas, de buscar establecer una opinión pública que sería rápidamente reproducida por los usuarios. El resultado de esto sería un comportamiento político de filia o fobia hacia un tema en particular o un candidato determinado, sustentado y reafirmado por mentiras. Ejemplo de esto lo veremos todos los días en las redes sociales conforme se acerque la elección a gobernador en el Estado de México.

Internet es un espacio libre –o más o menos- y debe ser más libre para muchas cosas, tales como la información, la participación, el debate de ideas y muchas cosas más, sin embargo, eso supone una gran responsabilidad por parte de los usuarios a fin de evitar el engaño y la manipulación. El compromiso del Homo Interrete no puede limitarse a “compartir” o “me gusta”, aún quedándose en el ámbito de internet, debe haber una acción proporcional al alcance y consecuencias de las ideas o afirmaciones que reproducimos.

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Emancipación y su perversión III

(Deconstructing sexy concepts- Tercera parte)

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

El Movimiento por los derechos civiles tuvo diversos logros expresados en leyes concretas, que hicieron realidad –o han intentado hacerlo- principios, ideales o reformas que desde el siglo XIX se habían promulgado; algunos de los logros líquidos, huecos de la Emancipación y sus consecuencias. Esto -así como lo cuestionable de algunas de las reformas o políticas resultantes- demuestran que el objetivo social de la Emancipación, así como las concesiones al Movimiento por los derechos civiles o probables Reformas migratorias, se fundamentan más en intereses políticos de la élite del poder, que en intereses legítimos en busca de equidad, igualdad y el combate a la discriminación; tampoco obedecen a un repentino ataque de humanismo y decencia. El Acta de los derechos civiles (1964) prohíbe la discriminación con base en raza, color, religión u origen nacional en el empleo y los servicios públicos; el espíritu de la XIV Enmienda de 1668 y que debilitó la propia Suprema Corte de los Estados Unidos. El Acta del derecho al voto (1965), prohíbe prácticas discriminatorias en los procesos electorales; lo que pretendía la XV Enmienda de 1870[1]. El Acta de Inmigración y Nacionalidad (1965), abolió la Fórmula de Orígenes Nacionales que fue el sistema de inmigración entre 1921 y 1965; el objetivo de la Fórmula era mantener la composición étnica de los Estados Unidos, estableciendo límites a la inmigración mediante cuotas según la nacionalidad. Por último, el Acta de Vivienda Justa (1968), defendía a cualquier interesado en adquirir o rentar una casa de prácticas discriminatorias por raza, religión u origen étnico. A partir de dicha Acta, los negros podían tener acceso o solicitar créditos a fin de adquirir una vivienda[2].

Sin duda estas Actas generaron profundos cambios en las condiciones de vida de la población negra en los Estados Unidos, pero habría que preguntarnos si luego de 148 años de la Emancipación y 45 años del Movimiento por los derechos civiles, los diferentes grupos étnicos están unidos “como una misma nación” (“as a single nation”). La respuesta es no, y es que nunca fue un objetivos de las políticas llevadas a acabo integrar, conciliar, articular a los diferentes grupos étnicos. Ha sido necesario incluirlos –como la reciente Reforma migratoria y el peso político electoral de los latinos- pero siempre ha habido (y habrá) límites, candados y/o excepciones jurídicas o políticas para la integración, equidad e igualdad en la sociedad estadounidense.

Estados Unidos articula buena parte de su poder suave (o prestigio, en palabras de Reinhold Niebhur) en la exportación de conceptos, ideas, ideales o valores típicos de la excepcional cultura política estadounidense; lo que inició en el siglo XIX, pero se consolidó entre la primera y la segunda posguerras creando más que un nuevo orden internacional, un nuevo Nomos de la tierra[3]. Con ello, conceptos como democracia, liberalismo, libre mercado, igualdad, progreso, desarrollo y –en los últimos años- tolerancia, se han convertido en ejes y andamiaje del proyecto expansionista norteamericano. Sin embargo, ellos crean un simulacro liberal, que nubla la vista e impide la gestación de una sociedad verdaderamente liberal, justa, equitativa, igualitaria, etc.

Actualmente Tolerancia es un pilar de la democracia y de las sociedades armónicas, conciliadas, conciliatorias. Pero ¿es el concepto adecuado? Slavoj Zizek invita retóricamente, ¿el movimiento feminista pide que las mujeres sean toleradas por los hombres?, y afirma, si ustedes buscan en discursos de Martin Luther King el concepto de tolerancia, no encontrarán ni una referencia a él; para él (Martin Luther King) sería obsceno mencionarlo en el contexto de los derechos civiles. Tolerar significa ubicarse por encima del Otro en algún sentido, pero se le tolera por ser progresista, democrático, en consecuencia no es el concepto correcto. Derecho, respeto, equidad, son conceptos mucho más atinados, y que sí contienen una fuerte carga democrática, progresista, de justicia, pues se concibe al Otro como igual y se respeta su derecho a disentir. Pero si el color de la piel significa algo más que pigmento, nacionalidad algo más que un referente cultural, el género algo más que distinciones psicobiológicas, ¿cómo puede construirse una sociedad democrática, equitativa, justa?


[1] Me parece prudente mencionar que uno de los conflictos post electorales del año 2000 en los Estados Unidos, específicamente en Florida, obedeció a que fueron eliminados del padrón de electores más de 20,000 negros (o afroamericanos), debido a que su nombre era similar al de alguna persona que hubiese cometido un crimen. Un ex convicto pierde el derecho al voto en el estado de Florida.

[2] A partir de 1974 el Acta también protege a las mujeres, y desde 1988 a personas con discapacidad.

[3] En su Nomos der Erde (1950) Carl Schmitt hace una aguda revisión histórica del derecho público europeo como base del nomos de la Tierra —también podríamos decir: del orden jurídico-político internacional— y hace un análisis del nuevo nomos creado por Estados Unidos de forma paulatina a partir de la Doctrina Monroe y hasta los juicios de Nüremberg, pasando por la primera posguerra y los fallidos intentos del Protocolo de Ginebra y la Sociedad de Naciones. El nomos es la palabra griega que indica la primera medida de todas las medidas subsecuentes, así como la primera partición, clasificación y apropiación del espacio, la primera división y distribución. Partiendo de esto, Schmitt profundiza en la explicación, articulación y conceptualización de su nomos, al rastrear su concepción como ley, ordenador y proceso distributivo y organizador del espacio. De tal forma, puede decirse que el nomos es el marco normativo e ideológico que delimita las relaciones entre Estados.

Emancipación y su perversión.

(Deconstructing sexy concepts- Segunda parte)

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

A mediados del siglo XX la discriminación racial y las condiciones de vida de la población negra, así como sus derechos, volvieron a ser tema de la Agenda política nacional, pero más por su lucha propia, que por necesidades de la élite; podría decirse que en consecuencia los resultados fueron más concretos. El Movimiento de derechos civiles, que comprende los años de 1950 a 1968, tuvo dos expresiones o estrategias principales: la resistencia civil pacífica y el enfrentamiento directo. La primera tal vez fue la que más impacto y más logros tuvo. Pero no podría dejar de mencionar al Reverendo Martin Luther King, el Secretario de la Asociación Nacional por el Avance de la Gente de Color (NAACP, por sus siglas en ingles) Medgar Evers, el ministro Malcolm X –posteriormente llamado El-Hajj Malik El Shabazz- o los líderes de las Panteras Negras, Huey P. Newton y Bobby Seale, que son algunos de los líderes y actores más representativos del Movimiento; asimismo los Presidentes John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, personajes que ayudaron a concretar varias de las exigencias de la población negra.

Tres eventos que marcaron al Movimiento de los derechos civiles –y que fueron los tres tipos resistencia civil pacífica- son el boicot al sistema de autobuses de Montgomery, los sit-ins y las Marchas de Selma a Montgomery, así como la de Washington; misma que fue duramente criticada por Malcolm X[1] y en donde Martin Luther King dio su famoso discurso “I have a dream”[2]. El evento que comienza el Movimiento fue el boicot en Montgomery del 1º de diciembre de 1955, pero el acontecimiento que propagó el sentimiento por la lucha de los derechos civiles fue el asesinato de Emmet Till en el verano de ese mismo año[3].

De acuerdo al método de segregación del Sistema de Transporte de Autobuses de Montgomery (Alabama), los negros debían abandonar una fila de asientos –la más cercana a los blancos- si el autobús estaba lleno y un blanco subía al autobús. El primero de diciembre de 1955, Rosa Parks se rehusó a hacer lo que la ley indicaba, por lo que fue arrestada, enjuiciada y condenada. En respuesta a ello la comunidad negra organizó un boicot contra el Sistema de Autobuses, el cual consistía en no utilizar dicho transporte. Para ello, se organizaron mediante “car pools” y también recibieron ayuda de taxistas negros que cobraban 10 centavos por el transporte –lo que costaba el autobús-. Luego de 382 días de boicot, la comunidad negra logró que se eliminara el sistema de segregación.

El 1º de febrero de 1960 cuatro estudiantes de la Universidad Estatal de North Carolina -inspirados en las protestas de Alexandria (Virginia 1939), Chicago (Illinois 1942), Saint Louis (Missouri 1949) y Baltimore (Maryland 1952)- entraron a una cafetería en una tienda Woolworth en Greensboro (North Carolina) y decidieron sentarse en un área exclusiva para blancos; pidieron café y los dependientes se rehusaron a atenderlos, ante ello los estudiantes -Joseph Mcneil, Franklin McCain, Ezell Blair and David Richmond- se negaron a dejar sus lugares, quedando ahí en señal de protesta hasta que la tierra cerró. La protesta se repitió por varios días, sumándose simpatizantes día con día. Los sit-ins se volvieron una forma común de protesta, principalmente en cafeterías, restaurantes y otros centros comerciales; no siempre eran netamente pacíficas, en algunas ocasiones blancos apoyaban a los manifestantes negros. El 25 de julio de 1960 la cadena Woolworth abandonó su política de segregación racial.

Las Marchas de Selma a Montgomery realizadas entre el 7 y el 25 de marzo de 1965, buscaban defender el derecho al voto de la comunidad negra en Alabama –que era uno de los estados con menos votantes negros registrados- y con ello mejorar las condiciones de vida de ella; las protestas integraron en su pliego petitorio la integración escolar y laboral. Un acontecimiento por demás significativo en el Movimiento, fue la agresiva respuesta de la policía de Alabama a los manifestantes. Hasta antes de que aparecieran en las pantallas de televisión y en los periódicos la violenta represión policial, el Movimiento trascendía de manera limitada a la comunidad negra, pero luego de ello buena parte de la población vio con otros ojos la lucha por los derechos civiles de los negros. Ejemplo de ello –aunque evidentemente no con pocas razones de estrategia política y político-electoral- fue el Presidente Lyndon Baines Jonhnson (LBJ) quien impulsó el Acta para los derechos del voto (Voting Rights Act); uno de los grandes logros del Movimiento.


[1] Malcolm X señalaba que no entendía por qué los negros estaban tan entusiasmados por una marcha dirigida por blancos, frente a un monumento de un presidente al que ni siquiera le agradaban los negros.

[2] Aquí un breve y conocido fragmento: “I have a dream, that one day this nation will rise up and live out the true meaning of its creed: We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal.” Evidentemente en esta última frase, el Dr. King hace referencia a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

[3] Emmet Till era un joven de Chicago que visitaba familiares en Mississippi y fue asesinado por hombre blancos, por haberle silbado a una mujer blanca. Los asesinos fueron arrestados, pero declarados no culpables por el jurado. El resultado del juicio, la edad de Till, las razones del asesinato y la golpiza que le provocaron la muerte, generaron la indignación por el nivel de impunidad e injusticia que sufría la población negra.

Emancipación y su perversión.

(Deconstructing sexy concepts- Primera parte)

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

Esta reflexión forma parte de un mismo cuerpo analítico tendiente a deconstruir –o al menos invitar a la reflexión y/o cuestionamiento de- algunos conceptos, ideas o ideales que construyen el nomos del siglo, es decir, son valores de la política nacional e internacional, incluso de la vida cotidiana. Sin embargo son conceptos que carecen de un claro significado, y el abuso en su utilización ha generado un serio vacío conceptual o shallow meaning, paradójicamente. Algunos de estos conceptos le parecerán muy familiares al lector y probablemente le sorprenda mi intención de criticarlos y deconstruirlos. Me refiero a democracia, libertad (freedom vis a vis liberty), caridad, o tolerancia; concepto hacia el cual dirigiré la reflexión luego de cuestionar la emancipación de los esclavos en los Estados Unidos. Hace más de cien años Charles Sanders Peirce subrayaba la necesidad de aclarar nuestras ideas con base en una evaluación pragmática de ellas –es decir, establecer el significado de acuerdo a su manifestación(es) práctica(s)- hoy me parece imperativo no sólo seguir a Peirce, sino definir qué no son o qué no contienen los conceptos que erigen este nomos; uno que (ya) no se define verticalmente desde la élite, sino a través del conjunto de la sociedad.

La cuestión sobre la emancipación de los esclavos en los Estados Unidos se mantuvo en estado latente hasta mediados del siglo XIX, cuando el asunto debía definirse en plena reconfiguración de la República. Mencionaré sólo algunos elementos que estaban definiendo el panorama en los Estados Unidos. Recordemos que era un momento de fuerte expansionismo[1], crecimiento y desarrollo, en otras palabras la República debía definir su estructura, y por ello se enfrentaban el Norte (Republicano) que dominaba la escena política federal y el Sur (Demócrata) que resistía desde los estados; dos visiones completamente distintas de cómo y hacia dónde construir la nación. En la economía encontramos ya aspectos fundamentales de un capitalismo a gran escala con las grandes fortunas familiares construidas a partir del desarrollo industrial (Carneggie, Ford, Rockefeller, McCormick, Vanderbilt, Morgan); industrias que necesitaban trabajadores y un Capitalismo que además requería consumidores. En lo social, el siglo XIX se caracterizó por una enorme migración hacia los Estados Unidos; migración proveniente de muchos y muy diversos países, culturas y religiones, mismos que no cohabitaban fácilmente y que además debían entenderse –de hecho enfrentarse- con los llamados nativos[2]. Contrariamente al mito de los brazos abiertos, cada grupo, cada individuo tuvo que luchar por su lugar en la sociedad estadounidense.

El país estaba claramente dividido: el Norte industrial abolicionista y Republicano, versus el Sur agrícola esclavista y Demócrata; una economía esclavista no tenía cabida en un proyecto Imperial capitalista ya en ciernes. Con la victoria del Senador por Illinois Abraham Lincoln en la carrera presidencial, la escisión era cuestión de tiempo dadas las tensiones entre las regiones, y en 1861 los estados de South Carolina, Georgia, Alabama, Mississippi, Louisiana, Texas y Florida, declararon la secesión de los Estados Unidos de América, creando los Estados Confederados de América, con Jefferson Davis como presidente. A ellos se unirían después del ataque a Fort Sumter (South Carolina) por parte del ejército Confederado, los estados de Arkansas, Virginia, Tennessee y North Carolina. Los estados de Missouri, Kentucky, Maryland y Delaware, permitían la esclavitud pero declinaron la secesión, por lo que fueron considerados estados frontera.

Cabe mencionar, como hace Howard Zinn en A people’s history on the United States, que antes de la Administración de Lincoln -es decir durante la presidencia de James Buchanan- hubo intentos por combatir la esclavitud a pequeña escala. Tal fue el caso de John Brown, un blanco abolicionista quien creía que podría lograrse la emancipación liberando algunas ciudades en el sur –una estrategia quirúrgica, podríamos decir- y poco a poco habría mucha presión política y social hacia y desde el propio sur, lo que desembocaría en la emancipación. No obstante, John Brown fue arrestado y ejecutado en 1859 por Robert Lee y el gobierno de Virginia; amén de la permisividad del gobierno federal.

En enero de 1863 el Presidente Lincoln[3] proclama la emancipación de la esclavitud, que a la postre sería la 13ª Enmienda, con dos objetivos primordiales: aislar al sur políticamente, lo que además casi imposibilitaría su compra de armamento; y legitimar al Norte, facilitando así las alianzas y ayuda militar necesarias. Los efectos no fueron inmediatos, por lo que la rendición de los Confederados se presentó el 2 de abril de 1865, por parte del General Robert E. Lee ante el General Ulysses S. Grant. Ahora comenzaría la ratificación de la 13ª Enmienda.

La abolición de la esclavitud se concretó el 6 de diciembre de 1965, al ratificar la 13ª Enmienda 27estados; posteriormente lo harían 9. Aquí la sorpresiva lista: Oregon, California y Florida en 1865; Iowa y New Jersey, en 1866; Texas, en 1870; Delaware, en 1901; Kentucky, en 1876; y –para sorpresa de todos- Mississippi, aprobó la 13ª Enmienda en 1995, presentando la ratificación al gobierno federal, el 7 de febrero de 2013.

A esta Enmienda, le seguiría la 14ª de 1868 que iba dirigida a combatir la desigualdad y la discriminación que sufrían los negros. Sin embargo, hubo mucha presión política en contra de dichos principios; esto en el sur y en el norte. Como resultado de esta presión, en 1881 la Suprema Corte de los Estados Unidos señalaba que la 14ª Enmienda hacía referencia al Estado y no al individuo, por lo que aquel no puede discriminar, pero éste último, sí. Evidentemente, este permisividad desde la Suprema Corte legitimó la discriminación dirigida a la población negra. Fue hasta el Movimiento de Derechos Civiles entre 1950 y 1968, así como un cambio en la estrategia político-electoral del Partido Demócrata, que el tema de la desigualdad, la inequidad y la discriminación, volvieron a ser temas de la Agenda política nacional.


[1] Ejemplo de ello fueron la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, las cuales ya presentaban una clara idea expansionista en parte de la clase política estadounidense.

[2] Los nativos no eran los indios americanos, como podría pensarse, sino migrantes de segunda generación –o más- que estaban organizados a fin de limitar, evitar o entorpecer el ingreso de nuevos grupos nacionales a los Estados Unidos.

[3] Abraham Lincoln es uno de los personajes de la historia estadounidense con mayor nivel de misticismo; muchos lo ubican como uno de las grandes abolicionistas, por obvias razones. Por lo que sin otro ánimo, más que el de provocar, citaré dos fragmentos de discursos del candidato al Senado, Abraham Lincoln, en el estado de Illinois en el año de 1858, con pocos días de diferencia. Primero en norte del estado: “Let’s forget all those discussions about this man or that man, this race and that one…if this race is inferior and therefore put them on a lower range. Let’s forget all that and let us unite as one single Nation, proclaiming  that all men were created equal”; y luego en el sur: “I’ll say, then, that I am not, nor ever been,in favor of putting on the same level,socially or politically, white and black races…that I am not, nor ever been in favor to let the black people, vote or to be jurors, nor let them to occupy posts on the government”. El lector sacará sus conclusiones.

La democracia en tiempos de liberalismo y republicanismo descafeinados

Hay quienes piensan que la realidad virtual es en verdad una realidad sin esencia, sin contenido. Especulan que vendrá el día en que no estaremos seguros si lo visto existe ahí frente a nosotros, si lo que escuchamos y saboreamos son más allá de estímulos cuya existencia no cuestionamos.

Sin embargo, cuando uno observa etiquetas como las que rezan: “leche deslactosada,” “café descafeinado” e incluso la de aquella mantequilla que se llama “I can’t believe it is not butter,” uno no puede sino cuestionar si no es que ya vivimos en una realidad sin esencia, vaciada de contenido. Es decir, si no es que ya convivimos en una sociedad en la que nos convencemos los unos a los otros de que a pesar de estar vacía de contenido, esta realidad es la más real posible. En este mismo sentido, nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo en donde los absolutos ideológicos –ya sean políticos o religiosos– conviven con una generalizada incredulidad y desconfianza hacia todo lo que pretenda ser homogenizante o universalista.

La modernidad, con su ilustración ultranacionalista, prometió entre otras cosas un orden interestatal construido sólidamente sobre la institucionalización de la legitimidad político-estatal y la normalización jurídica de las relaciones entre los estados. La modernidad también prometió el fin de los dogmas a través de la defensa de la pluralidad y el individuo. Mientras la razón se convertía en el eje definitorio de lo humano, la personalidad jurídica y la diferencia de opinión garantizaban individualidad.

Es la modernidad misma la que trae consigo la colisión sociopolítica con el viejo régimen rígidamente estamentario. El republicanismo de la Roma clásica –patricio, altamente jerárquico y que había sido reemplazado por proyectos monárquicos absolutistas– contendía ahora contra el liberalismo. El primero le otorga a lo político un rol esencial en la condición humana del hombre. El Estado, en este caso, es una expresión refinada de civilidad. El segundo, igualitario e individualista por definición, otorga preeminencia al individuo por sobre la sociedad y sobre la comunidad política. El liberalismo disloca al individuo de su entorno político y naturaliza al mercado como su esfera primaria de acción. El ser humano es un ente social porque satisface sus necesidades y deseos en el mercado y requiere del Estado sólo como un garante del orden y la legalidad.

Desde el siglo XIX hemos sido testigos del debate constante entre republicanismo y liberalismo. Entre aquellos que consideran la pertenencia a una comunidad política como esencial en la estructura ontológica del ser humano y los que asumen que el individuo, por ser autónomo, debe de ser protegido en sus bienes y derechos del poder político del Estado. La constancia de dicho debate no es simplemente una consecuencia de que  ninguno haya triunfado del todo, sino también de que el debate se ha desarrollado en el contexto de desconfianza e inconsistencia ideológica de la modernidad.

Más allá del debate mismo, lo que podemos apreciar cada vez con mayor intensidad es que el liberalismo y el republicanismo han sido vaciados de contenido, descafeinados pues. Y no es sólo que a algunos se les ha ocurrido diluir las diferencias entre los dos al afirmar que el liberalismo es una ideología con raíces en el republicanismo (algo que es obvio a menos que se crea que el liberalismo haya tenido un origen ex nihilo), sino también por una intención generalizada de simplemente encontrar puntos intermedios, de falsa convergencia, entre ambas filosofías políticas.

Este es el contexto en el que el concepto de democracia ha sido utilizado como justificador y legitimador de la versión diluida tanto del liberalismo como del republicanismo. Desafortunadamente, esto ha significado un vaciado, aun más radical, del contenido del concepto de democracia y su sobreutilización ideológica. Intentos liberalizadores como el de Norberto Bobbio, modernizadores como el de Giovanni Sartori y globalizadores como el de David Held han requerido hacer creer a sus lectores que la democracia –aquella que era evidentemente un viciado sistema político desde Platón hasta James Madison– tiene una versión mejorada en la virtuosa “democracia moderna, liberal y representativa.” Esto no sólo ha significado la bancarrota conceptual de la democracia –una bancarrota en la que la democracia ha dejado de significar demos kratos– sino también el establecimiento de un espacio de confort intelectual, un mero lugar común plagado de clichés “democráticos” que cubre al mundo con un manto super-ideológico que clama ser parte esencial del mismísimo fin de las ideologías.

Hoy la “democracia,” y todo lo “democrático,” no refiere más aquel sistema político cerrado, excluyente, de participación política directa que se caracterizaba por su inestabilidad; pero tampoco refiere simplemente un sistema político alternativo o probable. Ahora es, mejor dicho, el sistema o la característica que justifica y legitima a todo aquel sistema político con elecciones frecuentes y con cierta igualdad jurídica que garantice “un ciudadano, un voto.” Aquí es donde la democracia descafeinada –desdemocratizada– surte su primer efecto: nos hace olvidar casi por completo que el republicanismo de la Roma clásica era un sistema representativo, en el que el Senado jugaba el papel central; y nos pretende hacer olvidar también que la igualdad de derechos individuales es un principio liberal por definición y no democrático.

¿Cómo es que un orden político que combina republicanismo y liberalismo descafeinados acaba denominándose “democracia”? No es asunto menor ni gratuito; llamar democracia a las repúblicas liberales contemporáneas hace creer a los que viven en ellas que en verdad gobiernan o que en un futuro esperadamente cercano la sociedad gobernará o pondrá al gobierno netamente a su servicio. Es la expresión más alta del simulacro boudrillardiano; es el momento en el que la leche deslactosada remplaza completamente a la leche, el momento en el que el café descafeinado es verdadero café.

Pero el problema del desfondamiento conceptual, y el consiguiente abuso ideológico de la democracia, no termina allí, en una burla política de oligarquías ocultas detrás de la llamada “voluntad popular.” El segundo efecto ideológico de la democracia liberal (desdemocratizada) es geopolítico y estratégico. No sólo es la legitimación de un republicanismo liberal poco igualitario y altamente clasista, sino también es la justificación más utilizada históricamente en la política expansionista e intervensionista estadounidense.

Si los grandes imperios europeos se expandieron bajo premisas civilizatorias, los Estados Unidos de América se expandieron e intervienen alrededor del mundo bajo premisas democratizadoras. Como el republicanismo liberal (“democracia”) genera estabilidad política y libertad económica, la política exterior estadounidense ha insistido en promover su instauración alrededor del planeta, voluntariamente o a la fuerza.

Para que el concepto de democracia jugase un rol central en la política exterior estadounidense debió de ser desfondado de todo contenido y reideologizado. El proceso fue largo y tortuoso y aquí sólo lo enlisto en sus generalidades.

En primer lugar, hubo que crear un discurso y un imaginario público que permitiera el uso de la palabra democracia para referirse, ya no a aquel sistema cerrado de participación política, sino a un sistema que permitiera el libre juego de los intereses de las élites locales y nacionales estadounidenses, lo cual sucedió con la retórica que acompañó la democracia Jacksoniana de los 1830. El gran propagandista y publicista de la democracia a la americana fue Alexis de Toqueville.

El segundo momento de transición sucedió durante la presidencia de Woodrow Wilson. En tiempos de la gran guerra, la potencia mundial en ciernes decidió enfilar sus armas contra aquellos imperios trasnochados que atentaban contra la expansión de los mercados internacionales. Si el Jacksonianismo había descafeinado a la democracia haciéndola segura para el mundo, Wilson ahora intentará instaurar un mundo seguro para esa democracia descafeinada.

Hoy, finalmente, pareciera que todo sistema político debe de ser más o menos democrático en su versión más light. La falta de consenso sobre su definición es lo que ha permitido el abuso discursivo e ideológico del concepto “democracia”. El concepto se ha vuelto no sólo el catalizador del intervencionismo estadounidense, también se ha convertido en el eje legitimizador del proyecto hegemónico cultural occidental. La mejor manera de mantener el status quo es no siendo estrictos con el uso del concepto democracia; este ensayo es un intento e invitación para cambiar eso.

La promoción de la democracia

(Segunda entrega)

El lenguaje político de la posmodernidad se encuentra en el reino de la ambigüedad, de las contradicciones, de los vacíos, del pragmatismo político de alcance global. ¿Cómo explicar entonces si no es con esos adjetivos, el hecho de que una democracia liberal fuera global y excluyente, abierta e inequitativa, libre y proteccionista,  permisiva y autoritaria?

Con el fin del orden bipolar Estados Unidos estaba en condiciones de reestructurar el sistema internacional una vez más; consolidar y ampliar el Nomos, estableciendo las condiciones necesarias para el Segundo siglo americano. La primera transformación fue en la Primera posguerra al criminalizar la guerra y dividir a los países en agresores y justicieros.

La democracia liberal había triunfado, aunque más por las contradicciones y debilidades de su oponente que por su real fortaleza, pero aunque esto si bien ofrecía la posibilidad de ampliar sus zonas de influencia y control geoestratégico, también (re) surgían –o cobraban nueva relevancia- expresiones políticas regionales o locales que significaban una amenaza a sus intereses y un obstáculo a su hegemonía; i. e. fundamentalismos, nacionalismos o simplemente proyectos políticos con su propia visión de la democracia, del Mercado o de la globalización.

Para contrarrestar la resistencia a su hegemonía los Estados Unidos debían aprovechar elmomento democrático e impulsar la democracia liberal en puntos geoestratégicos clave; e. g. la democratización de Europa del Este, los países Bálticos y Europa del Este –hoy en día Medio Oriente y el Noreste africano. Esto se traducía en promover el establecimiento de democracias parlamentarias, la apertura de sus economías y el fortalecimiento de la sociedad civil o su institucionalización [1]; lo que hicieron en Europa del Este, América Latina y han tratado de promover en Asia y Medio Oriente. No obstante, expresiones culturales locales y/o idiosincráticas, así como el historial de la política exterior norteamericana en determinada región han complicado el establecimiento de gobiernos favorables a los intereses de Washington.

La Guía de Planeación de Defensa del Pentágono 1994-1999 – DPG, Pentagon’s Defense Planning Guide– dada a conocer por el New York Times en 1993, establecía como el principal objetivo de la Gran estrategia estadounidense mantener la hegemonía de Washington, evitando la emergencia de un poder rival en Europa y el Este Asiático. Para la consecución de este objetivo la promoción de la democracia no sería suficiente, al menos no sin estar acompañada de cooperación militar o económica, pero sí sería una herramienta de presión y contención a posibles poderes emergentes o amenazas a los intereses estadounidenses, caracterizados por ser regimenes no democráticos, economías cerradas o nacionalistas.

Promover la democracia haría que el mundo fuese menos hostil hacia los Estados Unidos y eliminaría ideologías –y gobiernos, principalmente- que significaran una amenaza almundo de puertas abiertas del cual dependían[2]. Construyendo con eso un mundo estable, pacífico. Sin embargo habría que cuestionar(se) si en efecto con la expansión de la democracia el mundo es pacífico, si las democracias no van a la guerra, si hay la voluntad de compartir el modelo democrático en expansión.

El ímpetu neowilsoniano y su promesa por una paz estable y duradera dio gran legitimidad a la política exterior estadounidense convirtiéndose en un cruzado, ergo su propio basamento –la teoría de la paz democrática- era más un sofisma que una realidad de la política internacional. Las democracias no sólo han ido a la guerra, sino que han tenido conflictos álgidos entre sí, inclusive armados, la razón y el parlamentarismo no siempre han dominado en los desacuerdos.

Ante una crisis con otros Estado las democracias son tan propicias a escalar el conflicto militarmente como otras formas de gobierno no democráticas, liberales o no. De hecho un buen ejemplo de este sofisma del pacifismo democrático son precisamente los Estados Unidos y su política exterior. Y no olvidemos que muchos regimenes antidemocráticos, totalitarios o autoritarios nacieron en sistemas democrático y hasta liberales.

Para algunos autores, como Charles Kupchan, esta cruzada estadounidense por promover la democracia liberal, así como otros valores de la política internacional –el Nomos- es no sólo natural, sino benéfico para la totalidad de actores en el escenario internacional, pues el mundo es inestable y peligroso cuando las potencias luchan por la hegemonía, pero cuando una de ellas puede determinar la estructura internacional y sus valores, los demás actores no tienen opción alguna mas que atenerse a esas condiciones. De hecho la gran mayoría de los actores se ven beneficiados por esto y particularmente por la unipolaridad estadounidense pues ha encabezado acciones con un profundo y benéfico impacto en la política global y local; como la lucha contra el terrorismo o  la promoción de la democracia y de la Globalización misma. Lo que debe preocupar, advierte Kupchan, es el fin de la Era norteamericana[3].

Para que un mundo compuesto en su mayoría –o totalidad- por democracias sea realmente estable y pacífico estas deberían compartir valores, así como entender y aplicar el mismo modelo democrático. La democracia tendría que desarrollarse bajo condiciones muy similares o iguales, pero esto no es así. “Una revisión histórica de 61 países independientes, sólo tres han generado una democracia por creación independiente: Suiza, Suecia e Inglaterra. Los restantes 58 experimentaron diversos grados de influencia externa”[4], a través de sanciones, amenazas o el uso directo de la fuerza. Este es precisamente el papel que ha jugado Estados Unidos con mayor ahínco a partir del fin del orden bipolar.

El mismo trabajo señala que los veinte países que comenzaron un proceso de democratización en 1989 fueron resultado de la Pax Americana. Esto indica que la democratización no es un proceso natural de las unidades políticas y que el modelo que se implanta en alguna de ellas no es en muchos casos de acuerdo a sus condiciones, sino una adaptación –en el mejor de los casos- de la contradictoria democracia estadounidense. Y esto es porque el promotor de la democracia (liberal) está motivado por sus intereses y no por condiciones internas del país que la adopta.

Es pertinente señalar que otro factor importante para la expansión de la democracia liberal es la identificación de países con características o en condiciones similares cuando uno de ellos adopta el modelo demoliberal, pues este genera ciertos beneficios en distintos niveles, particularmente para las elites empresariales y parte de la clase política. En consecuencia poco se preocupan por matizar el modelo, sólo implementarlo esperando los beneficios del promotor pasivo.

A pesar de los conflictos que ha enfrentado Washington al promover la democracia allende cualquier frontera o frontier, este sigue siendo uno de los objetivos más importantes de su política exterior si no es que el de mayor relevancia. Lo que está a debate es la definición del proceso que se utiliza. Un enfoque sostiene que la democracia liberal podrá promoverse sólo mediante una primera etapa de promoción y expansión de los valores culturales estadounidenses, pues de lo contrario surgirán expresiones deformadas de la democracia liberal[5].

En este sentido la democracia debería limitarse a ofrecer ayuda financiera o de cualquier otro tipo a movimientos que pretendan luchar contra el autoritarismo en sus países, los Estados Unidos no deben imponer dicho modelo en donde no hay valores democráticos[6]. El problema con estos argumentos es que el objetivo de la clase política estadounidense, la élite del poder, no es promover valores democráticos per se, sino las ventajas de abrir economías y gobiernos en zonas clave de su geoestrategia. Lo que puede apreciarse al observar que en los documentos oficiales estadounidenses para la promoción de la democracia se encuentran diversas concepciones de democracia y no aclaran cuál será la utilizada para su promoción.

La cruzada estadounidense descanse en un liberalismo intolerante, totalitario que concibe la existencia de cualquier gobierno o ideología no democrático(a) como una amenaza a la seguridad, intereses y valores en –y de- los Estados Unidos. Sin embargo, la promoción de la democracia como sustento de la Gran estrategia de Washington, generó que el mundo se convirtiera en un espacio más inestable debido a las profundas resistencias locales. El excepcionalismo estadounidense que dio origen a un modelo demoliberal único imposibilitaba la exportación de dicho modelo, por lo que éste ha tenido que adecuarse a circunstancias idiosincráticas, culturales, políticas, sociales, religiosas, etcétera, particulares y –en cierta forma, en algunos casos- excepcionales, perdiendo así contenido real de acuerdo al modelo en expansión y casi de cualquier otro limitando su significado a procesos electorales y economías abiertas integradas o en proceso de integrarse a la globalización y poco nacionalistas.


[1] John O’Loughlin, Michael D. Ward, Corey L. Lofdahl, Jordin S. Cohen, David S. Brown, David Reilly, Kristian Gleditsch and Michael Shin, The Diffusion of Democracy 1946-1994, Annals of Association of American Geographers, Vol. 88, No. 4,  December 1998, pp. 545-574.

[2] Resulta fácil considerar que los acontecimientos del 9 de septiembre de 2001 daban la razón a la paranoia estadounidense por lo que resulta necesario democratizar a la mayoría de los países con regímenes inestables y volátiles, a fin de que Occidente y democracias liberales que lo componen estén seguras. No obstante, contrariamente a la teoría huntingtoniana, dichos acontecimientos fueron –en todo caso- un ataque a los Estados Unidos, un blowback por su política exterior en Medio Oriente y no una expresión de la animadversión del entorno contra la democracia liberal norteamericana.

[3] Charles A. Kupchan, The End of the American Era, US Foreign Policy and the Geopolitics on the Twenty-First Century, Council on Foreign Relations-Alfred A. Knopf, New York 2002, pp. 57-59.

[4] John O’Loughlin, Michael D. Ward et al, The Diffusion of Democracy 1946-1994, p. 9.

[5] Francis Fukuyama & Michael McFaul, Should Democracy Be Promoted or Demoted, Bridging the Foreign Policy Divide, The Stanley Foundation, June 2007, pp. 2-3.

[6] Larry Diamond, op cit, p. 27.

Sobre el Nomos del Siglo XXI: sofismas, contradicciones y vacíos.

Sobre el Nomos del siglo XXI:

sofismas, contradicciones y vacíos de la democracia.

(Primera entrega)

Un primer acercamiento.

Una de las características de la política actual en cualquiera de sus dimensiones es la confusión, poca claridad y vacío –no en pocos casos- de los conceptos que la fundamentan y articulan. Democracia, seguridad, tolerancia, autodeterminación, totalitarismo, derechos humanos, son algunos de los términos que dominan la política contemporánea desde hace ya casi un siglo a partir de la creación de un nuevo marco jurídico internacional; un nuevo Nomos diseñado para la consolidación del Primer Siglo Americano, avizorado por Henry Luce en un ya claro momento hegemónico.

Con la creación de nuevas condiciones jurídicas que modificaban las relaciones internacionales y la lucha misma por el poder entre las naciones, conceptos como soberanía así como mecanismos legales y jurídicos de relación entre Estados –la guerra- son suplantados por otros con una profunda carga pragmática y moral, que  entran en contradicción –convenientemente y a discreción del Gran Juez- con otros elementos del Orden y el Derecho internacionales. Tal es el caso de la autodeterminación de los pueblos y la Enmienda Platt o la Doctrina Monroe; ambos mecanismos reconocidos por la Sociedad de Naciones como un instrumento legítimo de resolución de conflictos regionales sobre la propia Sociedad. Esto, además de promover conceptos contradictorios como la democracia liberal, sentó las bases para la hegemonía estadounidense en el siglo XX y un nuevo Nomos.

Las condiciones políticas de la Guerra fría hicieron que la promoción de la democracia estuviera por debajo de consideraciones geoestratégicas y/o de seguridad de los Estados Unidos, lo que no evitó acudir a ella en algunas ocasiones como parte del propio discurso político y geopolítico norteamericano. El apoyo a regímenes autoritarios o movimientos contrarrevolucionarios era una opción válida –y ampliamente utilizada- siempre y cuando evitaran o derrocaran gobiernos que representaran una amenaza a los intereses norteamericanos. Esto allende su ideología, que en ocasiones era conveniente y repentinamente socialista tras amenazar o afectar intereses estadounidenses. Tal fue el caso de Mosaddegh (Irán ‘53) o Arbenz (Guatemala ‘54).

Con el fin del mundo bipolar Washington ha impulsado con mayor facilidad la promoción de la democracia, obedeciendo siempre a criterios no civilizatorios sino geopolíticos, aunque sustentando el discurso en aquellos. Esto genera una clara incongruencia en la política exterior norteamericana, pero claramente justificable desde una lectura pragmática autorreferencial.

La expansión de la democracia –ya sea en términos concretos o aspiracionales- trajo consigo una mayor laxitud de un concepto ya muy difuso y manipulado, cuando no francamente contradictorio. Una implantación, adopción o adaptación de la democracia (liberal) entendida en buena medida a partir del Mercado, resultó en una agudización de contradicciones y vacío de significado. Con ello, unos de los conceptos de mayor peso en la política internacional y fundamento –sofisma, diría yo- del pensamiento hegemónico y político en general –i. e. la democracia- carece de un significado compartido y es fuente de su propio simulacro, así como instrumento de la hegemonía estadounidense desde el colapso del orden jurídico europeo.

Enmarco el debilitamiento del concepto democracia dentro de un Nomos de la política internacional –concepto que se explicará con detenimiento en el primer apartado- creado por los Estados Unidos a fin de facilitar, legalizar y legitimar su proyecto hegemónico iniciado –como señala Carl Schmitt- con la Doctrina Monroe. El Nomos determina el Orden internacional, el marco normativo, pero él mismo permite y da lugar a una suerte de Soberano schmittiano de facto que, a pesar de no contar con el apoyo de la Comunidad internacional ni en nombre de ella o su bienestar, da contenido con su decisión a los conceptos jurídico-políticos que conforman el Nomos.

Toda vez que la expansión de la democracia (liberal) es inversamente proporcional al debilitamiento del concepto mismo en tanto tal, la segunda parte del escrito aborda el momento de su promoción global selectiva. Llevar la democracia allende sus fronteras (pero no indiscriminadamente ni sin matices e interpretaciones) ha sido uno de los fundamentos de la política exterior estadounidense. Sin embargo el criterio para dónde y cómo promoverla obedece a consideraciones geoestratégicas, no civilizatorias, morales o éticas. Por otra parte, el país que es iluminado no comparte valores necesarios para la construcción y articulación democrática, al menos no del tipo de democracia que se quiere imponer, en consecuencia tiene que adaptarse el modelo democrático –en el mejor de los casos- a las particularidades socioculturales o –en el peor- se establecen mecanismos de gobierno/dominio para lograr cierto grado de estabilidad institucional, quedando la democratización en espera. Esto por supuesto establece la falta de coherencia entre discurso y curso, entre teoría y praxis, pero también genera laxitud en el propio concepto; en consecuencia pierde el concepto pierde contenido al significar ideas y realidades diferentes.

Finalmente y coincidiendo con la crítica que en torno a la democracia liberal y sus contradicciones realizan autores como Chantal Mouffe, Nancy Fraser, Eduardo Grüner y Slavoj Zizek, señalaré ejemplos de estas así como su efecto en la pérdida de sustancia en el concepto. La democracia es, probablemente, el concepto político con mayor peso moral, pero también el más confuso, poco claro y manipulado. Por esta razón es que ubicar su papel dentro del discurso hegemónico, cada vez más como herramienta de este y menos como una expresión de participación y compromiso social, es una tarea urgente en el pensamiento político.

Las ideas que nos gobiernan y las ideas de quienes nos gobiernan: el Nomos.

Como han señalado autores como Martin Wight, Willhelm Grewe, Hedley Bull o Robert Keohane –no sin matices- los Estados hegemónicos han dado forma al orden jurídico internacional; han definido conceptos jurídicos y les han dado valor universal. España, Francia e Inglaterra lo hicieron exitosamente en siglos precedentes, pero el siglo XX sufrió un cambio más profundo, uno que difícilmente se verá modificado al menos en sus principios. La política exterior de los Estados Unidos logró reconfigurar –por decir lo menos- aspectos esenciales de la política internacional, garantizando y legitimando su proyecto hegemónico. Este, en consecuencia, no fue un cambio en el Orden internacional, sino en las ideas y valores mismos que lo determinan; una transformación del Nomos.

El concepto de Nomos fue rescatado por el jurista y politólogo alemán Carl Schmitt, quien en su Nomos der Erde de 1950 hace una aguda revisión histórica del orden jurídico europeo con base en un Nomos determinado, es decir, de conceptos que daban validez a aquellos jurídicos que regulaban la política internacional. Schmitt señala que los Estados Unidos conforman un nuevo Nomos a partir de sustitución de aquel de origen europeo, comenzando en la Doctrina Monroe y concluyendo en los juicios de Nuremberg, pasando por la primera posguerra y los fallidos intentos del Protocolo de Ginebra y la Sociedad Naciones. En esta misma línea schmittiana, yo agregaría la consolidación del Nomos de la política internacional a partir del fin del orden bipolar (de facto) y la transformación política y económica de la URSS, a través de Glasnost y Perestroika. Señalo esto porque es el momento en que el Nomos se transforma en global, en un Nomos total y totalitario sin premisas antitéticas que lo cuestionen. Paradójicamente razón misma de su cuestionamiento.

“El Nomos”, comienza Schmitt el cuarto apartado de la obra mencionada, “es la palabra griega que indica la primera medida de todas las medidas subsecuentes, así como la primera partición, clasificación y apropiación del espacio, la primera división y distribución”[1]. Es decir, los conceptos que sostienen las afirmaciones, ideas, políticas y marcos referenciales –políticos, jurídicos o morales- así como normatividades e incluso aspiraciones legítimas. Partiendo de esto, Schmitt profundiza en la explicación, articulación y conceptualización de su Nomos, al rastrear su acepción como ley, como ordenador y como fundamento del proceso distributivo y organizador del espacio. De tal forma puede decirse que el Nomos –en las relaciones internacionales- es el marco normativo e ideológico que delimita y da forma –guía el sentido- de las relaciones entre los Estados y al interior de ellos en realidad.

Según el análisis schmittiano, el reordenamiento jurídico-político de la primera posguerra resultó en el colapso del dominio internacional europeo y el ascenso de un nuevo Nomos, dirigido por el imperialismo económico anglosajón –i. e. Inglaterra y Estados Unidos- mediante la juridificación de las relaciones internacionales[2]. El objetivo de esto, señala el jurista de Plettenberg, sería la legitimación del problemático status quo resultante del Tratado de Versalles y la creación de un Nomos, un orden internacional favorable a la expansión imperial estadounidense y británica.

Como resultado de este nuevo orden, conceptos como soberanía, libertad, independencia y autodeterminación perdieron significado práctico, ya que se volvió permisible –legal y moralmente- la intervención política, militar o económica cuando intereses de alguna potencia estuvieran amenazados; sustentando su decisión en la seguridad o el orden internacionales o regionales y no en (e. g.) derechos humanos o inclusive la promoción de la democracia. Argumentos que si bien visten las intervenciones con ropajes de legitimidad, no han justificado per se operación alguna. A pesar del compromiso con su promoción a fin alcanzar la paz mundial y mayor estabilidad para los negocios como lo expresaran en su momento Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt o George H. W. Bush.

La transformación del Orden internacional y del Nomos sería dramática para Schmitt ya que por un lado moralizaba la guerra al clasificarla como justa e injusta, lo que se traducía en distinguir a los actores en justicieros y criminales, haciendo de la guerra un acto mucho más agresivo. Situación que se agravaría, como el mismo autor señala, cuando se utilizan conceptos como humanidad o Bien a fin de legitimar una acción militar (imperial) pues establece implícitamente la necesidad de exterminar al enemigo. La guerra es, recuerda Schmitt, junto con la diplomacia una vía legítima de relación entre Estados soberanos, por lo que al criminalizar el acto uno de ellos –el agresor- pierde su status soberano, pierden la condición de equidad legal y moralmente. ¿Qué obligación se tiene ante un criminal? Se pregunta retóricamente el jurista alemán.

“La guerra entre Estados que se reconocen mutuamente como soberanos y que practican –y ejercen- el jus belli con respecto al otro”, defiende Schmitt este derecho fundamental del Estado en el jus publicum europaeum, “no puede ser un crimen, al menos no, en el sentido criminal de la palabra”. Y advierte, “mientras esté en efecto el concepto del justus hostis, la guerra entre Estados no puede ser criminalizada y el término de crímenes de guerra no puede significar que la guerra como tal sea un crimen”[3].

El cambio en la concepción de la guerra fue un aspecto central en la creación del nuevo Nomos pues no sólo distinguía a los Estados en criminales y justicieros –diferenciándolos así moralmente- sino que relacionaba con dicha distinción conceptos como democracia, libertad y paz, convirtiéndose así también en valores de la política internacional. De este modo cabría cuestionarse qué papel juega o qué margen tiene la autodeterminación de los Pueblos –en realidad gobiernos- y la soberanía, si sólo hay ciertas opciones permitidas o aceptadas.

Durante la Guerra fría había la posibilidad de disentir hasta cierto punto de las ideas del Nomos, pero en la posguerra fría dicha opción era mucho más limitada. La democracia liberal, corazón del soft power estadounidense (prestigio, diría Reinhold Niebuhr), era la única opción para alcanzar la libertad, la paz y el progreso. Así lo expresó Mijkhail Gorbachov ante las Naciones Unidas: “la libertad de elección”, valor fundacional de la democracia de Mercado estadounidense, “debe ser universalmente reconocida y obligatoria, lo que implica la renuncia a todo intento por imponer una forma propia de democracia y el reconocimiento de una unidad en la diversidad para lograr la paz mundial”[4]. Eso refleja el Nomos demoliberal totalitario, defendido por su otrora Némesis.

En sus veinte páginas destinadas al análisis inicial del nuevo Nomos y la cuestión de la guerra, Schmitt señala que lo importante no es sólo la nueva concepción de la guerra, sino quién decide en última instancia sobre el status justo o no de la agresión. ¿Cuáles son los hechos del crimen? ¿Quién es el criminal? ¿Quién reclama el hecho? ¿Quién es el demandante? ¿Quién es el defendido? ¿Qué o quiénes componen la Corte? ¿En nombre de quién o de qué se presta juramento? Y sobre todo ¿quién es el Juez?[5] Así expresa Carl Schmitt su preocupación por lo más relevante en derecho y en política, quién decide en última instancia y no sólo qué establece la norma, pues lo que le da contenido a la ley es su aplicación y no la redacción de la misma.

Acera de la importancia de quién decide, quién da contenido y sentido a los conceptos jurídicos que dan cause a la conflictividad política, Schmitt hace referencia al nuevo tipo de imperialismo emergente desde la primera posguerra, al establecer que “un significado histórico de imperialismo no es sólo o esencialmente panoplia militar y marítima; no es sólo prosperidad económica y financiera, sino también la habilidad de determinar por sí solo el contenido de conceptos legales y políticos…Una nación es conquistada principalmente cuando adopta un vocabulario extranjero, un concepto ajeno del derecho, especialmente el derecho internacional”[6]. Este nuevo imperialismo, entonces, buscaba la legalidad y legitimidad internacionales a fin de maniobrar con mayor facilidad y defender sus intereses con el respaldo o permisividad del derecho y la comunidad internacional, pues en el juez no sólo descansa la certeza legal sino la moral.

Cabe mencionar que ya en la posguerra fría la clase política estadounidense acepta y adopta el concepto imperial para definir su política exterior –tal y como señala Philip Golub en Imperial politics, imperial will and the crisis of US hegemony- pero para desmarcarse de la etiqueta de Imperio, establecen una clara distinción entre Imperio y políticas imperiales. El primero es aquel que controla territorios manteniendo presencia militar y designando gobernadores a fin de mantener la explotación; las segundas, son las que únicamente crean un orden legal conveniente y utilizan la fuerza sólo cuando es necesario. En consecuencia y a fin de limitar –o concentrar- la utilización de sus fuerzas armadas, Washington da impulso a la promoción de la democracia liberal y el combate a gobiernos que entorpecieran tanto el proyecto hegemónico como los intereses corporativos; si es que cabe hacer tal distinción.

La expansión del Nomos demoliberal a escala global gracias al colapso del Bloque socialista e ideología que –no sin profundas contradicciones- representaba, resultó en un totalitarismo que a pocos años del optimismo internacionalista neoliberal anunciado por Fukuyama –que de alguna forma hace recordar la trilogía crolyana de gobierno/nación/empresarios, pero a escala global- el neodemoliberalismo total de Gorbachev o de la New Athenian Age of Democracy de Al Gore, ya daba a conocer las tinieblas en las que descansaban los Children of the Light, apólogos y promotores de una contradictoria, pragmática y vacía democracia.

Mucho se cuestionó y hasta se ridiculizó El fin de la historia anunciado por Francis Fukuyama en The National Interest apenas en los albores de la posguerra fría (1989); sin embargo, el triunfo de la democracia liberal sobre el socialismo otorgó a aquella un papel central –eje, acaso- en el orden internacional y en el Nomos que daba lugar a una nueva etapa de la hegemonía estadounidense. En el Nuevo Orden Mundial la democracia liberal era el único modelo viable para revertir las insatisfacciones políticas, sociales y hasta económicas, lo que sería aprovechado por estadistas y académicos del Mundo libre. Poco importaba en ese momento una definición compartida del modelo democrático en expansión, de los valores que nos representaban, de las condiciones políticas, sociales y económicas que configurarían la política internacional del siglo XXI; lo que es comprensible dada la borrachera pacifista y universalista que envolvía el fin de la amenaza nuclear –paz que jamás llegó.

Esta nueva arquitectura de la política internacional construida desde sus cimientos, resultaría en lo que llaman Michael Hardt y Antonio Negri la nueva forma imperial. Un Imperio sin centro, desterritorializado, con identidades híbridas, jerarquías flexibles e intercambios plurales; de fronteras abiertas y en expansión (frontier); un gobierno del mundo civilizado; un imperio de la continuidad perenne posmoderna; un imperio que no sólo llega a la recámara, sino que pretende regular las interacciones humanas y la naturaleza humana misma; un imperio del biopoder, un imperio total a través del Mercado y la libertad dirigida, simulada[7].

[1] Carl Schmitt, Nomos of the Earth, in the internacional Law of the Jus Publicum Europaeum, Telos, New York, 2003, p. 67.

[2] Aunque Schmitt centra su análisis en la influencia estadounidense en el reordenamiento de la primera posguerra, rastrea la influencia de los EEUU en el nomos de la tierra en dos momentos anteriores: la enunciación de la Doctrina Monroe y la Conferencia del Congo en Berlín. Con referencia al primero, resalta que EEUU se erige como el hegemón continental creando –soberanamente- un orden jurídico-político unilateralmente. Dejando a su discreción, clasificación y consecuente decisión, las relaciones entre Estados europeos y americanos. En cuanto al segundo, Schmitt subraya el impacto al orden jurídico internacional –europeo- al reconocer a la Sociedad Internacional del Congo, que no era un Estado. En el Acta del Congo –documento resultante del Congreso del Congo- se establecían las condiciones para apropiarse de territorio africano, no perteneciente a algún Estado (europeo), así como obligaciones que acompañaban la ocupación. Ambos acontecimientos, ponían en entredicho el dominio factual de Europa en las relaciones internacionales. Carl Schmitt, ibidem, pp. 217-219.

[3] Carl Schmitt, Nomos of the Earth, pp. 260-261.

[4] Citado por Mónica González, La Guerra fría y el Nuevo Orden Mundial: conflictos, seguridad y paz internacional (tesis doctoral FCPyS, UNAM), México 2000, p, 568.

[5] Carl Schmitt, Nomos of the Earth, p. 260.

[6] Carl Schmitt, Positionen und Begriffe, citado por Gary. L. Ulmen, en la introducción de Nomos of the Earth, pp. 18-19; y en Carl Schmitt, El imperialismo moderno y el derecho internacional público (1932), en Carl Schmitt, teólogo de la política, compilado por Héctor Orestes Aguilar, FCE, México 2001, pp. 112-113.

[7] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Paidós, Buenos Aires 2002, pp. 15-17.