El voto francés contra el ultranacionalismo

Por Amando Basurto-

Ayer, la derrota electoral de Marine Le Pen en Francia tomó a muy pocos por sorpresa. A pesar de registrarse el más alto nivel de abstencionismo (casi 30%) en más de 30 años, el triunfo de Emmanuel Macron ha sido contundente. El resultado deja muy pocas dudas, los franceses son conservadores pero no ultranacionalistas. En los próximos días veremos, muy probablemente, análisis sobre cómo las identidades locales/regionales han resistido históricamente políticas y discursos ultranacionalistas (como los de la familia Le Pen y allegados) y cómo influyeron en las elecciones de ayer.

El triunfo de Macron es un “triunfo por amontonamiento” (como lo fue el de Jacques Chirac sobre Jean-Marie Le Pen en 2002), es un triunfo de “todos contra Le Pen”. El llamado a votar en contra de políticas patrioteras, aislacionistas y xenófobas (y religiosamente discriminatorias) fue suficiente para que una gran mayoría de los franceses que votaron lo hicieran a favor de políticas neoliberales concentradas en En Marche!, el movimiento “ciudadano” independiente que Macron creó tras salir de entre las filas del Partido Socialista hace un año. Es importante resaltar que Macron fue electo por alrededor del 66% de los votantes en una elección en donde los votos blanco y nulos fueron de casi 10% y en donde votaron 33 de 47 millones de votantes inscritos (de un total de casi 70 millones de posibles votantes).

En Marche! asemeja una versión francesa de la Tercera Vía que, sin romper con el neoliberalismo imperante por cuarenta años, pretende ciudadanizar la agenda pública y re-moralizar la política en Francia. Es un remozamiento “popular” de la derecha tradicional que pone en evidencia el bipolarismo partidista heredado del siglo XX. Aún más importante para muchos, Macron promete afianzar el papel de liderazgo de Francia dentro de la Unión Europea (ojalá lo haga de una marea mucho menos parca que su discurso de victoria el día de ayer). Resulta irónico que el discurso ultranacionalista del Frente Nacional haya resultado antipatriótico al llamar hoy a romper con la Unión Europea por que no puede haber algo menos franco-nacionalista que seguir el ejemplo de los británicos (Brexit). Macron, por su lado, no dudó en aparecer frente a las banderas francesa y europea durante su discurso de victoria (veremos como influye esto en la negociación que Theresa May tiene que realizar para completar la escisión del Reino Unido de la Unión Europea). El gran reto de Macron será generar rápidamente una alianza estratégica para las elecciones legislativas que se llevarán a cabo en un mes ya que la Asamblea, por el sistema de cohabitación francés, puede reducir mucho su margen de maniobra si no lograse designar un primer ministro que conduzca su agenda de manera exitosa.

La gran perdedora de las elecciones en Francia (como parece ser una constante alrededor del mundo) es la izquierda (moderada y radical), que no ha podido articular un discurso ni políticas convincente frente a los nuevos retos que impone un mundo mucho mejor “conectado” que sólo ha favorecido un gran acumulación de riqueza en las manos de unos pocos.

 

Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

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Vuelve la burra al trigo: España 26J

Hace justo 4 meses escribía en este espacio sobre el resultado en las elecciones en España de diciembre de 2015: Elecciones en España: de cómo terminar con un presidente que la mayoría no eligió.

En aquel momento hacía un recuento del resultado así como de las  (im)posibilidades de que el PSOE formara un gobierno de coalición con los partidos emergentes.  Remarcaba que quizás lo novedoso y muy notorio del proceso electoral de diciembre era el fin del bipartidismo de la democracia española.

Pues bien pasó medio año de la jornada electoral y fue imposible hacer gobierno en coalición, lo que llevó a convocar nuevamente a elecciones generales este pasado 26 de junio. Las encuestadoras y el ánimo apuntaban a que Podemos, quien durante estos meses planteó alianza con el partido Izquierda Unida, iba a repuntar o quizás rebasar al PSOE para quedar como segunda preferencia y así lograra la posibilidad de formar gobierno.

La realidad: el abstencionismo aumentó, contrario a las predicciones Podemos no logró sobrepasar al PSOE y solo obtuvo 2 escaños más teniendo un total de 71; PSOE obtuvo 85 escaños, 5 menos que las elecciones pasadas, Ciudadanos pierde 8 escaños y se queda con tan solo 32; y el PP se alza como el ganador con 137 escaños 14 más que en las elecciones pasadas. Sin embargo esto deja en una situación más complicada a los españoles.

Por un lado el novedoso quiebre del bipartidismo se desquebrajó toda vez que el 55% de los votantes eligió a los ya tradicionales PP y PSOE, partidos que siguen hablándole a la España de 50 años o más y que deja a los jóvenes fuera de sus prioridades , de su discurso y sus propuestas.

Por otro lado el PP sigue sin tener la mayoría de 176 escaños para formar gobierno, lo cual lleva a Rajoy a la necesidad de negociar con los partidos que no han querido generar alianzas con el PP y que dadas sus plataformas sería como plantear que agua y aceite funcionen. Puede negociar con Ciudadanos, un partido joven pero con quien comparte idearios y propuestas desde la derecha. Sin embargo ello no plantea un escenario suficiente para lograr la mayoría y necesitarán 8 lugares más para declarar gobierno.

Su última opción es un gobierno en minoría mismo que tendría que ser aprobado por los diputados y de no llegar a ese acuerdo convocar a nuevas elecciones. Para ello tendrán que convencer a los demás partidos que voten a favor o bien se abstengan. Queda claro que los partidos de izquierda y extrema izquierda votarán en contra ¿qué pasará con PSOE que dados los resultados poco le conviene ir a otras elecciones, que no votará a favor pero que de abstenerse lograría que el PP lo logre?

Rajoy gobernará, el PP gobernará habiendo obtenido solo el 32% de la preferencia de los votantes, gobernará con una oposición absoluta, tendrá que negociar política pública, presupuestos y directrices con quien no las comparte. Presidirá en minoría con la premura de poder gobernar y llegar a acuerdos, en una España urgida de acciones y de soluciones a su crisis política, económica y sí también social. Gobernará un país con dos territorios que en sus resultados electorales muestran su cada vez más marcada diferencia con el resto: País Vasco y Cataluña.

La situación política de España invita a la autocrítica de un sistema que aunque democrático claramente es poco representativo, quizás esta oposición mayoritaria pudiera considerar una urgente reforma política. También toca a la ciudadanía hacer una reflexión a conciencia de su voto y de qué tan responsables son de lo sucedido.

Así vuelve la burra al trigo: Elecciones en España: de cómo terminar con un presidente que la mayoría no eligió.

 

– Melissa Ortiz Massó

Melissa Ortiz Massó es activista social especialista en poder legislativo, transparencia, rendición de cuentas y acceso a la información. Promotora del Parlamento y Gobierno Abierto @melamalo

De la democracia cerrada a la democracia abierta

El Gobierno Abierto y los retos de la ciberdemocracia.

Durante el siglo XX la democracia se consolidó como herramienta legitimadora de gobiernos dado su carácter plural, representativo, incluyente, transparente y participativo. Sin embargo, los gobiernos democráticos han sido en su mayoría gobiernos cerrados, en los que cambió una clase política por otra, o bien, se incluyeron actores al sistema político, pero no hubo transformaciones sustanciales en la estructura política, que abrieran espacios de participación ciudadana más allá de procesos electorales, mismos que si bien son muy importantes, son sólo un forma de participación; algo así como la transición a la democracia en México.

En consecuencia, la distancia entre los intereses de los gobiernos, los partidos y los políticos, con respecto a los de la sociedad en su conjunto (o de grupos dentro de ella) se ha ampliado, generando con ello una severa crisis del sistema o mostrando su verdadero rostro. El descontento e incluso el hartazgo ante tal situación es claro, evidente y está en expansión, sin embargo, la apatía y la parálisis política de grandes sectores de la población, resultantes de la ignorancia (o de su prima sexy, la desinformación) así como de falta de mecanismos de participación o denuncia, están siendo revertidas gracias a la mega expansión de la web (y sus versiones) al ciberactivismo (desde Wikileaks hasta Anonymous) así como a la constante presión y participación de individuos y organizaciones no gubernamentales en diversos temas.

Como uno de los resultados de esta tríada, o al menos coincidiendo con ella y con la crisis de los gobiernos democráticos cerrados, está la Open Government Partnership (OGP; Alianza por el Gobierno Abierto, AGA, en español) que es una iniciativa multilateral encaminada a propiciar compromisos concretos por parte de los gobiernos para promover la transparencia en la información gubernamental y garantizar el libre acceso a ella; aumentar la participación ciudadana en los asuntos públicos; y la colaboración entre el sector público, el privado y la sociedad (en toda su diversidad) aprovechando las nuevas tecnologías a fin de combatir la corrupción y robustecer la gobernanza. Es decir, construir desde distintos polos un verdadero gobierno democrático abierto; la redundancia es discutible.

A la fecha y luego de poco más de cuatro años de existencia, la AGA cuenta con 68 países y se configura como una de las iniciativas internacionales voluntarias más vigorosas, con un desarrollo vertiginoso y un respaldo financiero seguro al menos al mediano plazo, condición sine que non para el desarrollo de los procesos indispensables para la tranformación de los gobiernos y el impulso de la participación ciudadana. Ahora bien, aunque AGA ha impulsado importantemente el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información como herramientas eje en la ampliación de la participación ciudadana –lo que es comprensible desde una visión urbana y/o de un país desarrollado- es indispensable subrayar que los procesos de Gobierno Abierto no pueden limitarse a la plasticidad de las “apps” o de la web 2.0, 3.0, etcétera. Éstos deben adaptarse a las necesidades y condiciones de países en desarrollo o tan disímbolos (¿acaso plurisímbolos?) como México; he ahí el reto que se nos presenta en la construcción de la democracia abierta.

El pasado mes de octubre se llevó a cabo en la Ciudad de México la Cumbre Global de la Alianza, reuniendo a más de 3500 asistentes de más de 70 países. Más allá de la Cumbre misma, en donde allende el intercambio de experiencias nacionales y locales en la construcción del Gobierno Abierto, fue evidente la diferencia de condiciones en las que se desarrollaba el proceso mismo, así como de voluntades y niveles de compromiso gubernamental. Por ejemplo, México ha hecho importantes avances en el marco de la AGA -no sin cuestionamientos, tal es el caso del Plan de Acción 2011-2012, elaborado sin la participación de la sociedad civil- como la creación de un Secretariado Técnico Tripartita (STT) que encabeza y articula acciones o programas de diversas dependencias de gobierno dentro de AGA, y está conformado por una representación del Ejecutivo Federal (la Oficina de la Estrategia Nacional Digital de la Presidencia), una representación del Instituto Nacional de Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) y una representación del Núcleo de Organizaciones de la sociedad civil. Pero contrariamente al espíritu de AGA y de la idea de Gobierno Abierto, ha sido dudoso su accionar (por decir los menos) en temas de corrupción e impartición de justicia.

Por último, cabe destacar que el eje temático de la Cumbre fue la vinculación de AGA con los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS) y la Agenda 2030 de las Naciones Unidas. Esta concatenación entre AGA y ODS, abre un abanico de oportunidades y de sinergias temáticas que representa una invitación a la participación ciudadana para avanzar en los temas que la comunidad internacional ha destacado como críticos en el mediano plazo. La construcción de esta democracia abierta, de este Gobierno Abierto (en transición, por cierto, a un Estado Abierto) está permitiendo a la ciudadanía definir la agenda local, nacional y/o global de acuerdo a percepciones, realidades e intereses comunes, frente a intereses particulares (de gobierno, de partido o individuales). Pero es imperativo tener claro que estos procesos, no serán tersos y que nuestra participación es una condición sinne que non. Estos son los retos de la democracia abierta, nuestros retos como ciudadanos.

El conflicto Ucraniano y la miopía diplomática

Por Amando Basurto-

La crisis política en Ucrania es compleja y cada día es más difícil discernir no sólo lo que está sucediendo sino todas las referencias históricas que se usan para legitimar una posición u otra. Del gobierno ucraniano sabemos que es altamente corrupto, dividido por élites políticas que intensifican y exaltan los radicalismos que han heredado, especialmente, de su historia post-Segunda Guerra Mundial (y que se mezclan con una larga historia de desventajosa vecindad con Rusia). Pero más allá de la ‘partición ideológica’, hay elementos de ‘facto’ que son importante tener presentes: el primero es la rusificación del este ucraniano y, la segunda, la existencia de la base naval rusa en Crimea.

La mayoría de la población que habita el este de Ucrania es no sólo de ascendencia (étnicamente) rusa sino que el idioma preponderante es el ruso. Esta población representa un escudo poblacional entre Ucrania y territorio formalmente ruso. La pregunta inicial es ¿por qué el Kremlin no hizo antes uso de la fuerza para arrebatar Crimea a Ucrania? La respuesta es simple: porque no había sido necesario. Mientras los gobiernos Ucranianos no representaran un riesgo a la seguridad de las instalaciones militares rusas, el gobierno ruso simplemente colaboraría con asistencia para asegurar la alianza entre gobiernos. El problema es que la corrupción ha hecho de esa asistencia trizas y la relación de ‘cooperación’ es interpretada (correctamente) por muchos Ucranianos como sumisión al poder Ruso. A esto hay que sumar la independencia de Kosovo en 2008 respaldada militarmente por los Estados Unidos de América y la ofensiva desde el occidente –específicamente la Organización del Tratado del Atlántico Norte– al expandir su ‘defensa’ misilística hasta el Este Europeo y el actual acercamiento de la Unión Europea a Ucrania. Esto ha puesto a Rusia en una posición geopolíticamente defensiva.

Por otro lado, calificar de ‘fascistas’ y ‘neonazis’ a los grupos que participaron en la rebelión contra el gobierno de Viktor Yanukovich termina ocultando lo que si son: grupos políticamente conservadores y radicalmente anti-rusos. El problema es que la rebelión termina no con la derrota del gobierno y la élite corrupta ucraniana sino con un acuerdo inter-élites en el que éstas deciden abandonar a Yanukovich a su suerte. Hay que recordar que después de dos jornadas muy violentas, el ejército abandonó la protección de los edificios gubernamentales, de manera tal que los ‘manifestantes’ tomaron la cede del gobierno mientras el Parlamento liberaba a la ex-Primer Ministra, Yulia Tymoshenko, que estaba en la cárcel por corrupción. La ‘rebelión’ la ganan las élites que salvan su posición en el poder (al nombrar inconstitucionalmente a Arseniy Yatsenyuk presidente interino) quienes por desgracia utilizan la presión generada desde la calle por la turba para disfrazar el golpe de estado de rebelión popular .

Ahora el gobierno de Vladimir Putin ha reforzado su presencia militar en Crimea, en parte a petición del primer ministro de esa región autónoma y en parte por necesidad, pues el ala anti-rusa más radical ha tomado el poder en Kiev. Aunque algunos claman que este movimiento fue premeditado, es muy difícil creer que el gobierno ruso haya querido “invadir Crimea” mientras tiene que garantizar la seguridad de los atletas que asisten a los juegos paralímpicos en Sochi. Pareciera que Putin está reaccionando a eventos que se han salido de control, y se ve obligado a hacerlo no sólo por protección de la fuerza naval en Crimea sino, también, por presión ejercida por grupos nacionalistas rusos que le están exigiendo actuar para proteger los intereses y las vidas de los rusos que viven en el este ucraniano. Ahora que el parlamento de Crimea ha votado y llamado a un referéndum para la secesión de Crimea y su incorporación a la Federación Rusa veremos un choque entre democracia y constitucionalismo, un choque entre decisión democrática de la mayoría de habitantes de Crimea y la ‘defensa’ de la constitución ucraniana; al final será la lucha entre un referéndum inconstitucional en contra de un gobierno inconstitucional.

Ante esto cabe preguntarse, ¿es la respuesta diplomática de los Estados Unidos y de la Unión Europea la más conveniente? ¿es en verdad necesario o prudente defender la soberanía ucraniana y correr el riesgo de escalar el conflicto? pero aun más importante, frente a la presión de “Occidente” ¿le quedará alguna opción a Putin más que demostrar su fuerza y jugárselas al límite con tal de no mostrar signos de debilidad? Es decir, ¿entenderán los gobiernos estadounidense y la Unión Europea que tratar de “ayudar” al gobierno ucraniano y otorgarle apoyo financiero (a pesar de su inconstitucionalidad y del alto grado de corrupción) solamente pone en mayor riesgo la integridad territorial de este país? Sólo nos queda esperar y ver si a los principales actores en esta crisis les queda espacio para mesurar sus acciones (por ejemplo Rusia podría negociar con Crimea la suspensión del referéndum del próximo día 16). Si esto no sucede la península de Crimea pasará a ser formalmente rusa (formalmente porque a pesar de lo que muchos dicen la península ha sido controlada por los rusos desde finales del siglo XVIII)y Ucrania perderá más que una porción del territorio. Mientras tanto, como es evidente en las declaraciones y entrevistas otorgadas por la ex-Primer Ministra Yulia Tymoshenko, el gobierno interino de Ucrania no cejará en el intento de hacer de su conflicto una conflagración mundial.

Ideologizando la banalidad del mal

Segunda parte, el asesinato discriminado de civiles

Por Amando Basurto.-

El ejército estadounidense, en coordinación con la Agencia Central de Inteligencia (C.I.A.), ha utilizado vehículos aéreos no tripulados (drones) en su “lucha contra el terrorismo”. Estos vehículos telecomandados han sido utilizados, de manera sistematica durante los últimos diez años, para el asesinato (ejecución) de líderes de Al-Qaeda y talibanes en Pakistán y Afganistán. En el año 2010, reporta The Bureau of Investigative Journalism, 874 personas fueron asesinadas por drones; este número se ha reducido este año a “sólo” 93 (los datos de la proporción de las llamadas víctimas civiles varía entre 6 y 2% del total) y eso mantiene a la administración Obama defendiendo su uso.

Uno de los argumentos a favor del uso de vehículos no tripulados es que hacen las operaciones antiterroristas mucho menos caras financiera y humanamente. Desde la reducida perspectiva de quienes defienden el asesinato de “terroristas” a control remoto, el uso de drones evita tener que organizar operaciones muy elaboradas, que sean proclives a un mayor margen de error, que pongan en riesgo la vida de tropas estadounidenses y que generen un alto numero de víctimas civiles. Esta perspectiva, con un realismo que atenta contra el sentido común, supone que la alternativa es solamente entre enviar tropas o utilizar aeronaves no tripuladas para matar “terroristas” (como sucedió en el caso de la “aprehensión” de Osama bin Laden) por lo tanto desconoce no sólo el problema de legitimidad y legalidad de las ejecuciones extrajudiciales, también peca de asumir que las víctimas civiles “no terroristas” son daño colateral justificado.

Quienes critican el uso de drones para el asesinato de terroristas a larga distancia, lo hacen desde varias perspectivas. Hay quienes simplemente rechazan esta práctica por ser una actividad táctica que pone en riesgo la estrategia general de contraterrorismo estadounidense por básicamente dos razones: el uso de drones ha hecho que por un lado, pequeños grupos de extremistas islámicos se vuelvan mucho más activos y tengan mayo poder de reclutamiento y, por el otro, ha propiciado la enajenación de naciones aliadas. En el otro extremo de las perspectivas críticas se encuentran aquellos individuos y organizaciones (como Amnistía Internacional) que se enfocan en señalar la ilegalidad de los ataques y la violación masiva de derechos humanos que conllevan. Es evidente a todas leguas que los ataques con naves no tripuladas son ilegales y sólo son legítimas para quienes creen que una ejecución extrajudicial es una expresión de justicia.

El concepto de “banalidad del mal” de Hannah Arendt (ver primera entrega de este artículo) suma un ángulo nuevo a todos estos argumentos y perspectivas. Sin dejar de reconocer los problemas tácticos o políticos, o enfocarse a señalar el dolor de las víctimas y el abuso grave de sus derechos, exige que reconozcamos el grave colapso moral y el desafío legal y judicial que el uso de drones representa. La nueva táctica contraterrorista estadounidense es una expresión de, ambos, un nuevo tipo de crimen y de criminal. Por un lado, la ejecución extrajudicial contraterrorista de carácter internacional implica un asesinato discriminado de civiles; es decir, es una ejecución que distingue (discrimina) de antemano el tipo de víctimas al etiquetarlas como “terroristas” o “civiles”. Sólo de esta manera se puede entender que se reporte, como hizo el mismo gobierno paquistaní el 30 de octubre pasado, que desde 2008 los ataques con drones han generado 2,227 víctimas, de los cuales “sólo” 67 son civiles. ¿Cómo sabemos que 2,160 de esos individuos eran “terroristas”? ¿Por qué esos “terroristas” no son civiles? Por el otro lado, cómo explica Arendt al respecto de Adolf Eichmann, el tipo de criminal al que aquí nos enfrentamos es nuevo, no solamente porque todos los partícipes en la cadena de toma de decisión son responsables directa o indirectamente, sino porque el ejecutor final, quien jala el gatillo, no está presente al momento de la ejecución. Lo que jala es un gatillo virtual, lo que facilita el asesinato discriminado de civiles sin motivo ulterior.

Todo esto nos pone frente a una serie de desafíos: ¿cómo enjuiciar moralmente a alguien que está asesinando “terroristas” bajo ordenes militares? ¿cómo enjuiciar moralmente a quien considera que 2 o 6 % de los asesinados son daño colateral ya presupuestado y justificado? ¿cómo enjuiciar judicialmente a alguien que asesina no sólo siguiendo órdenes sino jalando un gatillo meramente “virtual”? ¿cómo enjuiciar –políticamente­– a un régimen que asesina a 2,227 personas en menos de cinco años bajo la protección ideológica de la victimización resultado de los ataques del 11 de septiembre de 2001? Y finalmente ¿cómo emitir todos estos juicios sin defender o justificar el terrorismo en ninguna de sus expresiones?

Estas preguntas no tienen hoy una respuesta, no sólo porque es muy difícil contestarlas sino porque no nos hemos atrevido a formularlas.

Ideologizando la banalidad del mal

Primera parte, sobre una nueva forma de criminalidad

Por Amando Basurto.-

Este año se cumplen 50 de la publicación de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, que Hannah Arendt escribió originalmente en forma de reporte para The New Yorker. A pesar de su longevidad, el texto no pierde vigencia debido al minucioso énfasis sobre la “banalidad del mal” que hizo evidente el juicio contra Adolf Eichmann, en 1961, por crímenes que cometió contra el pueblo judío siendo oficial de la S.S. (especialista en la asuntos judíos) durante el régimen Nazi. A Eichmann se le conoció como el arquitecto detrás de la llamad “solución final”, el exterminio de los judíos.

El aniversario del texto ha detonado una serie de publicaciones alrededor de los temas que Arendt aborda en él. A esto se ha sumado la gran publicidad que la “banalidad del mal” ha obtenido con el filme “Hannah Arendt” presente en carteleras este año. El problema reside en el abuso que el concepto sufre a manos de quienes terminan ideologizándolo. Ese es el caso del texto “Trivializar el mal” (publicado en el portal de Letras Libres el pasado 4 de octubre); en él Juan Carlos Romero Puga escribe: “Intento traer la reflexión al escenario actual, luego de ver una foto de Eduardo Verdugo, de Associated Press, en la que se aprecia a un policía al que un grupo de provocadores ha bañado en gasolina y prendido fuego, durante la conmemoración de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968. A la difusión de la imagen le siguen comentarios festivos en redes sociales: “Si los policías no arden, ¿quién iluminará esta oscuridad?”, “Bien merecido a ese pusilánime que en lugar de defender al pueblo se abalanza contra él” o “No es legal, pero si muy divertido, el olor a policía quemado es muy similar al de cerdo quemado” [sic].” Ante esto Romero asevera: “Arendt puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellos que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente y herir al otro hasta la muerte, mientras creen desempeñar un papel de cambio. Ellos y sus compañeros de ruta, los que justifican a través del discurso y dan un valor moral positivo a un acto criminal, retratan a la perfección ese concepto acuñado hace 50 años: la banalidad del mal.” El texto de Carlos Romero muestra no solamente una falta de conocimiento sobre el argumento de Hannah Arendt sino, también, una peligrosa tendencia a ideologizarlo para simplemente usarlo en contra de toda manifestación de violencia.

El argumento principal de Hannah Arendt es que los sistemas modernos legales (que le otorgan centralidad a la ‘intención de hacer mal’) y la legislación internacional (que no discriminaba entre homicidio y genocidio) no estaban preparados para lidiar con criminales no-ordinarios –como Eichmann– que cometen crímenes no-ordinarios (crímenes contra la humanidad). Arendt comprendió que los crímenes cometidos por quienes participaron en el gobierno Nazi (y en especial por los involucrados con la llamada “solución final”) eran todo menos comunes: un crimen contra la humanidad es un crimen en masa no sólo por la cantidad de víctimas sino también por la cantidad de aquellos que lo cometen; lo que quiere decir, paradójicamente, que el nivel de responsabilidad de los involucrados no depende de su proximidad con el individuo –al final de la jerarquía– que ejecuta las ordenes al jalar del gatillo. El crimen es cometido tanto por el que da la orden, por quienes la transmiten, por quienes aseguran los medios para su eficiente ejecución como por quien comete el asesinato físicamente.

Presenciar el juicio de Eichmann le permitió a Arendt comprender que nuestra imagen tradicional del mal y nuestra idea sobre el fanatismo religioso o ideológico no eran suficientes para comprender las atrocidades cometidas por el gobierno Nazi. Eichmann había participado en el exterminio de judíos de manera voluntaria pero aparentemente sin motivos ulteriores; es decir, el principal “ingeniero” de la “solución final” no odiaba a los judíos, no había rastro en él de anti-semitismo. Su crimen, como lo expuso él mismo, había sido seguir ordenes (aunque, como podemos interpretar siguiendo a Arendt, el crimen de Eichmann había sido no resistir o no desistirse de seguir ordenes). ¿Cómo ejecutar ahora a un “asesino en masa” que no había matado a nadie?, ¿cómo enjuiciar a alguien que no tenía otro motivo para cometer uno de los mayores crímenes del siglo XX que el de la ‘obediencia’? A esto se refiere Arendt con banalidad del mal: a que los aparatos burocráticos y los avances en el desarrollo en armamento hacen posible que alguien, sin mayor motivo y sin jamás empuñar un arma, pueda ser responsable de hechos atroces.

Querer hacer pasar la violencia y los “comentarios festivos” alrededor de ella como una expresión de lo que Arendt denominó banalidad del mal resulta en nada más que una caricatura socarrona. La banalidad del mal es una expresión de criminalidad que no tiene motivación más allá que la ejecución de una orden, que no tiene relación con frustración o venganza personales y que no tiene carga ideológica. En este sentido, las demostraciones de violencia vividas en las calles de la ciudad de México el pasado 2 de octubre distan mucho de ser expresiones de la banalidad del mal. En realidad, el fenómeno contemporáneo más adecuado para ejemplificar la “banalidad del mal” es el uso que hace el gobierno estadounidense de aeronaves no tripuladas (drones) para ejecutar extrajudicialmente a presuntos terroristas, terminando de tajo con la distinción entre civiles y soldados. A explicar este ejemplo dedicaré la segunda entrega de este artículo.

Los dictadores que nos agradan

Por Genaro Beristain –

El pasado 5 de marzo a las 16:25 hora local, falleció Hugo Rafael Chávez Frías, tenía 58 años de edad y 14 gobernando Venezuela, la noticia tuvo un gran impacto nacional e internacional. Figura controvertida la de Chávez, señalado como revolucionario por unos y acusado de ser un dictador por otros, su muerte crea bastante incertidumbre sobre el futuro de Venezuela. A pesar de los claroscuros de su imagen, la comunidad internacional ha manifestado su pesar y apoyo al pueblo venezolano por la falta de su líder; pero, cabe resaltar, las señales que emite la comunidad internacional son confusas.

El 17 de diciembre de 2011 falleció Kim Jong-il, el “querido líder” de Corea del Norte. Kim murió a los 69 años de edad, víctima de su deteriorado estado de salud. La gran diferencia con lo que ocurrió en Venezuela a principios de este mes, fue la falta de solidaridad y pesar de la comunidad internacional al pueblo norcoreano tras la muerte de su líder. Kim al igual que Chávez fue un revolucionario, símbolo de la lucha socialista, líder amado por su pueblo y enemigo de los intereses de Estados Unidos.

Entonces ¿cuál es la diferencia?, ¿Bajo qué criterios se decide que dictadores son agradables? Mientras que a las exequias de Hugo Chávez asistieron 30 jefes de Estado y de gobierno, los funerales del líder norcoreano pasaron desapercibidos. Las acusaciones al régimen de Pyongyang de violar los derechos humanos de su población y de hacer uso de su dudoso armamento nuclear para amenazar la paz y seguridad internacional son constantes; tal parece que la comunidad internacional ha proscrito a Corea del Norte y la muerte de su líder no mereció la misma atención.

Las actividades del exlíder de la revolución bolivariana, también han sido objeto de muchas críticas y controversias, entre las que podemos destacar; violaciones a los derechos humanos, financiar grupos guerrilleros como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), modificar la constitución para “perpetuarse en el poder” apoyar a regímenes autoritarios y poco democráticos como el Mahmoud Ahmadinejad, en Irán, entre otros. Pero quizá su mayor crítica, sea el haber polarizado a la sociedad venezolana, enfrentar a sus propios habitantes, dividiéndolos en revolucionarios e imperialistas, entre buenos y malos. El futuro de Venezuela no es claro, solo el tiempo dirá si Nicolás Maduro tiene el carisma, la inteligencia y la capacidad de su antecesor para evitar un momentos difíciles, agitados y costosos para los venezolanos, y transitar de la revolución bolivariana al chavismo sin Chávez.

En Corea del Norte la transición se dio de modo dinástico, de padre a hijo. Tal como lo recibió Kim Jong-il de su padre Kim Il Sung en 1994, en 2011 fue el turno para Kim Jong-un. Esta transmisión de poderes se realizó dentro del mayor apego institucional posible, aunque que no existe oposición al gobierno o al partido, todos sus miembros aceptaron sin bacilar las indicaciones del “Gran dirigente”.

Aunque son asimétricas las características políticas, económicas, sociales y culturales entre Venezuela y Corea del Norte, la incógnita prevalece: ¿Qué características tiene que tener un dictador para que merezca el reconocimiento de la comunidad internacional? y ¿Cuáles no para ser excluido de la misma? A pesar de las distintas interpretaciones, ambos políticos eran dictadores, sólo que uno fue más aceptado que otro.