El Homo Interrete: entre la posverdad y las fake news.

La creación de la web 2.0 sustituyó una comunicación vertical y unidireccional por una horizontal y multidireccional prácticamente incontrolable. Esto permitió o facilitó el desarrollo de las redes sociales, esas que rápidamente se volvieron parte fundamental –cuando no esencial- de nuestra cotidianidad. La comunicación horizontal, la posibilidad de crear mensajes o contenidos han empoderado al usuario y con ello a las redes sociales; se acelera y multiplica nuestra capacidad de comunicar. Es por ello que a pesar de la juventud de espacios como Facebook, Twitter, Youtube o Instagram, ellas han tomado, o mejor dicho, les hemos otorgado un rol trascendental en nuestras vidas y en la dinámica social; nuestra presencia en ese mundo virtual, da fe de nuestra existencia en el real. Esa presencia en las redes sociales exige participación constante, aunque no compromiso. Debemos participar de los debates, de los trending topics, al menos dando like; en realidad no importa si nuestra postura se expresa en acción real, basta con que sea acción virtual, compartir un post. Nuestra presencia en las redes sociales dice “Aquí estoy, publico, soy parte de la comunidad, luego existo”. Este fuerte vínculo entre nosotros y las redes sociales, parece mostrar que hemos transitado del Homo Videns de Giovanni Sartori –para el que sólo existe lo que ve en la pantalla- al Homo Interrete –para el que sólo es, existe y es verdad, lo que aparece en internet-.

Esta nueva forma de comunicación fue aprovechada por algunos políticos como Barack Obama, a fin de parecer más cercano y en contacto con sus probables electores, pero principalmente para construir una imagen de receptividad a sus inquietudes, opiniones, necesidades, etcétera; una imagen no necesariamente verdadera, sin embargo, esta estrategia le permitió la reproducción de sus mensajes políticos a través de sus simpatizantes y entre los probables electores. Esta comunicación horizontal es mucho más efectiva toda vez que es entre pares, entre usuarios, entre quienes la relación es más honesta y confiable. Esto dio pie a la llamada Política 2.0, en la que es posible la comunicación entre los políticos (no sólo funcionarios de gobierno) y los ciudadanos, generando con ello –o esperando generar- participación y colaboración entre ambas partes. La participación política a través de internet, expresada esencial pero no únicamente en las redes sociales, dio lugar al ciberactivista, así como al hactivista. Sin duda esta nueva herramienta ha ayudado a crear e impulsar mecanismos democráticos profundamente necesarios, principalmente en países con gobiernos en crisis y/o colapsando. No obstante, las mismas condiciones que han hecho posible la conexión, expresión e incluso articulación de descontentos sociales, también han abierto la puerta serias amenazas a la democracia y a procesos sociales más simples pero igualmente importantes: la posverdad y las fake news; ambas son características de la Administración Trump, pero en realidad están mucho más cercanas a nosotros de lo que nos gustaría admitir.

Muchos son los conceptos que han nacido derivados de la comunicación en las redes sociales y nuestras acciones –desde emojie o selfie, hasta whatsappear- pero sin duda el más preocupante hasta ahora es el de posverdad. El concepto –posverdad- hace referencia al peso que tienen las emociones y las creencias en la conformación de la opinión pública, por encima de los hechos; ya sean los comprobados y comprobables o los aceptados convencionalmente por información que así lo indica. Si esto fuera en una perspectiva pragmática (Alexander Bain) no habría problema, pues la validez de las creencias lo establece su contrastación con la realidad, pero no es así, la posverdad se mantiene en el ámbito de las ideas, de lo abstracto, de la manipulación, de la creación de una percepción de la realidad sin sustento. El problema es que las redes sociales han sido el vehículo idóneo para la reproducción y expansión de la posverdad, debido a que los usuarios (mayormente) no están acostumbrados al discernimiento, a la evaluación, el análisis o cuestionamiento; se limitan a reproducir o rechazar las publicaciones, los posts. Este comportamiento es simplemente una extensión de una generación –o varias generaciones- que perciben no tener tiempo para construir, y para quienes la inmediatez es lo más importante. Generaciones para las que la verdad, lo cierto, lo correcto, no es el elemento que discierne, sino simplemente consideraciones dispensables y sujetas a las creencias personales, sin duda y sin falta, sustentadas por algún líder de opinión express, salido de Youtube o Facebook.

La posverdad no es un fenómeno nuevo, pero su alcance es inconmensurable dadas las condiciones y características de las herramientas comunicacionales. Siempre hemos buscado sustentar nuestras opiniones y siempre lo haremos, pero para ponderarlas están los hechos, no nuestras emociones. Es peligroso, lo dice la historia sino el sentido común, racionalizar desde la pasión, desde la emoción, desde las filias y fobias. Nos divierte, nos asombra, pero sobre todo nos angustia que diversos políticos, por ejemplo el presidente Trump, base su administración en la posverdad, en generar creencias con mentiras, pero él –y otros- simplemente juegan el juego que millones o miles de millones jugamos todos los días: crear y crearnos ideas con base en ocurrencias, en encabezados o en las fake news, es decir, la cultura online.

Las redes sociales, y particular Facebook, se han convertido no sólo en espacios de interacción entre usuarios, sino en espacios de información. Eso no en de suyo perjudicial, el problema es que –una vez más- los usuarios no analizan la información, de hecho muchas veces ni siquiera la observan. Información falsa circula por las redes sociales constantemente, y esto no obedece a errores en la nota, apreciaciones incorrectas o inclusive a interpretaciones sesgadas, sino que es creada por empresas que se dedican precisamente a difundir notas falsas o videos manipulados, con el objetivo de generar ideas erróneas, de buscar establecer una opinión pública que sería rápidamente reproducida por los usuarios. El resultado de esto sería un comportamiento político de filia o fobia hacia un tema en particular o un candidato determinado, sustentado y reafirmado por mentiras. Ejemplo de esto lo veremos todos los días en las redes sociales conforme se acerque la elección a gobernador en el Estado de México.

Internet es un espacio libre –o más o menos- y debe ser más libre para muchas cosas, tales como la información, la participación, el debate de ideas y muchas cosas más, sin embargo, eso supone una gran responsabilidad por parte de los usuarios a fin de evitar el engaño y la manipulación. El compromiso del Homo Interrete no puede limitarse a “compartir” o “me gusta”, aún quedándose en el ámbito de internet, debe haber una acción proporcional al alcance y consecuencias de las ideas o afirmaciones que reproducimos.

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Stephen Bannon y la Alt right, tras el poder en Washington.

Hace apenas algunas semanas que inició la Administración Trump y ya varios países se han enfrentado a polémicas, cuestionables o francamente condenables señalamientos, acusaciones, decisiones, iniciativas, políticas, ideas u ocurrencias de la Casa Blanca. Donald Trump y su presidencia tuitatorial (dictadura tuitatorial, como la denominó Amando Basurto http://www.nomospolitico.com/index.php/item/la-dictadura-tuitatorial-de-donald-trump?category_id=6 ) han mantenido al mundo en un hilo esperando a ver cuál es su siguiente ocurrencia, de qué magnitud y contra quién. México, Alemania, Australia, China, Yemen, los musulmanes y hasta el Papa Francisco han sido algunos de los objetivos de Trump y sus tuits, pero sobre todo de sus políticas. Sin embargo, aunque Trump encabece el gobierno estadounidense, tal vez deberíamos preocuparnos más por su principal estratega Stephen Bannon, a quien mucho consideran el poder detrás del poder o el verdadero mandatario.

Ha llamado mucho la atención –por lo decir lo menos- el poder que ha cobrado Bannon y la influencia que tendrá en la toma de decisiones, al darse a conocer que ocupará un cargo en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN). Esta modificación a la estructura del CSN, es decir otorgarle un lugar formal a un asesor, no tiene precedentes en la política estadounidense y es aún más polémica, toda vez que Trump le limitó la participación al Consejo, del Jefe del Estado Mayor Conjunto y del Director de Seguridad Nacional, a sólo algunas reuniones. El nombramiento ha generado duras críticas no sólo de medios como el New York Times, el Washington Post, Time, BBC o The Guardian, sino de parte importante de la clase política como los demócratas Nancy Pelosi, Bernie Sanders, Harry Reid y Robert Reich, e incluso de algunos republicanos como el senador John McCain.

Stephen Bannon –quien trabajara en Goldman & Sachs y que fundara la organización Government Accountability Institute (GAI) que investiga políticos en diversos temas- fue miembro fundador del sitio web Breitbart News, y su director desde 2012 hasta 2016, cuando dejó el cargo para convertirse en el jefe de la campaña presidencial de Donald Trump. Breitbart News Network es un sitio web creado en 2005 por Andrew Beitbart, con una agenda conservadora y pro israelí; sin embargo, al hacerse cargo Bannon de Bretibart –debido al fallecimiento de su fundador- el sitio web se volvió radical, siendo ubicado hoy como de ultraderecha. De hecho el propio Stephen Bannon lo consideraba –y lo considera- la plataforma del Alt right. Alt right o Alternative right, es un movimiento de extrema derecha en los EEUU que promueve la supremacía blanca, el nacionalismo blanco, el antisemitismo, el populismo de derecha, la islamofobia y la oposición a la inmigración legal o ilegal. Esta radicalización de Breitbart permitió fuertes alianzas con organizaciones de ultraderecha en Europa, e incluso establecer una sede en Londres y otra en Jerusalem. Este éxito, y su papel en la cinematografía como productor, le otorgó el reconocimiento de el Leni Rifenstahl de la ultraderecha estadounidense.

Ahora Bannon parece estar empujando su agenda o la de Alt right desde la Casa Blanca, al suspender la Administración Trump el programa de refugiados sirios, bloquear el ingreso de personas de siete países de mayoría musulmana, preparar la expulsión de inmigrantes ilegales, presionar a diversas ciudades –llamadas santuario- para que colaboren con Washington en la detención y deportación de dichos migrantes o la nominación de Neil Gorsuch a la Suprema Corte. A esto habría que agregar la aparente intención de la Administración Trump de aislar políticamente al Papa Francisco –a quien Bannon acusa de socialista- o al menos presionarlo a través del cardenal estadounidense en el Vaticano, Raymond Burke.

Ya sea el Rifenstahl o Goebbels de la ultraderecha -aunque en dado caso creo que el comparativo es injusto para aquéllos, pues el símil sería con Karl Rove, Dick Cheney y/o Richard Perle en la Administración Bush- Stephen Bannon ha permitido darle prioridad o al menos articular la Agenda de la Alt right con la de Trump, en caso de que estas sean distintas, al menos en matiz. Algo similar sucedió con la Administración de George W. Bush y el Neoconservadurismo, cuando -gracias a los atentados del 11 de septiembre de 2001- individuos como Wolfowitz, Rumsfeld, Cheney o Perle lograron establecer la agenda neoconservadora en Washington. No obstante, a diferencia de aquel momento, Bannon –y otras personas cercanas a Trump como Kellyane Conway o Jared Kushner, unos de los monumentos al nepotismo trumpiano- no han necesitado de un evento traumático para impulsar su agenda, simplemente la han impuesto.

Esto lo que nos dice es que los tuits, las ocurrencias, iniciativas o las políticas de la Administración Trump, no sólo tienen más fondo de lo que podríamos haber pensado, sino que son parte de una agenda que proviene no de un empresario que cree que es CEO de la United States Company, sino de un grupo político bien establecido y con amplias relaciones en los medios de comunicación, las finanzas y los movimientos de ultraderecha como el Tea Party o el Ku Klux Klan. Afortunadamente, a diferencia de los neoconservadores, no tienen tanto posicionamiento en ámbitos como las universidades o la clase política tradicional, por lo que sin duda enfrentarán resistencia desde muchos frentes. Pero, desafortunadamente, la Alt right apuesta a la irracionalidad, a la sin razón, a las emociones, al miedo, al odio, lo que hace que tenga mucho apoyo en la población afectada por la clase política tradicional –ya sea demócrata o republicana- y sus promesas incumplidas y su corrupción, los sofismas y costos del libre comercio y la globalización. Escenario que, huelga decir, no sólo viven los Estados Unidos. El fantasma de la ultraderecha, aquí representado por Bannon y la Alt right, recorre mucho más que Europa.

Pero pese a todo, ni excusas, ni esclusas.

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

Hace ya dos semanas de la elección de Donald Trump en los Estados Unidos y parece que a algunos aún nos cuesta trabajo aceptar o entender el resultado. El hecho de que Hillary Clinton haya ganado el voto popular por cerca de un millón de votos pero perdido la elección, reaviva los cuestionamientos sobre el sistema electoral estadounidense y probablemente –como en el año 2000 con la elección de George W. Bush- impacte en la legitimidad de la Administración de Donald Trump; pero poco abona a pasar el trago amargo de la elección y menos aún para dejar de preocuparnos por los cuatro años –ojalá no sean ocho- que lentamente pasarán a partir del 20 de enero de 2017, cuando tome juramento el presidente electo. La esperanza de que el Colegio electoral vote el próximo 19 de diciembre en un sentido contrario a lo implícitamente instruido a él por el voto estatal, pero obedeciendo al voto popular, es en realidad un sueño de opio, sin ningún sustento histórico. Asumiendo, pues, una inevitable presidencia de Donald Trump, tenemos que hasta ahora las señales que ha dado no son nada halagüeñas, no obstante sus primeros mensajes la noche misma de la elección.

La preocupación sobre una eventual presidencia de Trump creció luego de las sorprendentes victorias del Brexit, en la Gran Bretaña, y del No al Acuerdo de Paz, en Colombia. Conforme se acercaba el martes 8 de noviembre la sorpresa se veía cada vez más lejana; posible, aunque poco probable y viceversa. La preocupación creció cuando el FBI reavivó el tema de los e mails de Clinton a sólo unos días de la elección; las encuestas que seguían favoreciendo a la demócrata, ya no le daban la holgada victoria de semanas anteriores y los estados indecisos comenzaban a inclinarse hacia Donald Trump. La –ahora dubitativa- confianza de los demócratas, de los simpatizantes de Clinton –que seguro había- y de quienes querían (o deseaban) evitar a toda costa un triunfo del candidato Republicano, descansaba en que el voto femenino, el latino y el de los negros, sumados a los anteriores, eran más que suficientes para vencer a Trump y sus radicales, aún con la base dura del Partido Republicano. Sin embargo, la confianza se convirtió el preocupación a tempranas horas del martes 8; la preocupación en nerviosismo, al anochecer cuando comenzaban a llegar los primeros resultados; el nerviosismo en incredulidad, cuando la victoria de Donald Trump se perfilaba como inevitable; y finalmente, la incredulidad en estupor, en angustia, con el twitt derrotista de Clinton a las 19:55 : “gracias por todo”.

A pesar de que el abanderado del Partido Republicano hablaba de unión y de que se llevarían bien con todas las naciones –aunque no quedó claro si se refería a las naciones dentro de su país o a las naciones en el ámbito internacional- las señales que ha enviado a su país y al mundo, con los nombramientos para su gabinete confirman que lo dicho por el entonces candidato Trump, son verdaderas ideas o al menos intenciones reales, y no mero posicionamiento electoral. Reince Priebus, presidente del Comité Nacional Republicano y quien fungirá como jefe de gabinete, es una inteligente designación, toda vez que su cercanía con Paul Ryan –presidente de la Cámara de Representantes- podría facilitarle al Presidente Trump impulsar su Agenda; era de esperarse alguien del Partido, cercano a la Cámara Baja, en ese puesto. Sin embargo, las designaciones de Steve Bannon, Jeff Sessions, Rudy Giuliani, Mike Flynn o Mike Pompeo, auguran una Administración conflictiva tanto al exterior como al interior del país norteamericano. Racismo, beligerancia, militarismo y maniqueísmo, son aspectos constantes en el perfil de estos individuos que –al parecer- formarán parte esencial del gabinete de Donald Trump; la pluralidad anunciada por Mike Pence, estará por verse.

La angustia sin duda debe convertirse en aceptación y estrategia; el momento del espasmo ya pasó. La realidad es que Donald Trump será presidente y hay que enfrentar la situación. Esta semana habrá ya reuniones entre equipos de trabajo del gobierno mexicano, encabezado por el embajador Sada, y miembros del gabinete del futuro presidente; los temas a tratar serán primordialmente migración y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Evidentemente la idea es sondear las intenciones reales de la próxima administración en temas clave de la Agenda bilateral, y con base en ello determinar la estrategia a seguir e incluso la asignación de recursos. Averiguar si el temor está justificado.

Pero tengamos presente, que pese a todo, pese a los malos augurios, desalentadoras señales y advertencias (¿acaso?) veladas, las amenazas para nuestro país, no vienen primordialmente del magnate neoyorquino y su gabinete, del adverso entorno internacional y la inestable economía global, sino de nuestra clase política, de la corrupción, de la impunidad, del fortalecimiento del crimen organizado y de sus nexos con los gobiernos locales, estatales y federal; de nosotros mismos como Estado. El daño que Trump le puede hacer a México derivado de sus políticas es muy serio, pero palidece frente al daño que nuestra clase política le sigue haciendo a nuestro país, a nosotros mismos; y en mucho casos, nosotros, somos cómplices. Sin lugar a dudad la clase política –el partido político que gusten- verá en Trump y su racismo, su miopía, su ignorancia, una excusa para explicar la situación económica, la falta de crecimiento, el desempleo; y con ello una esclusa a la presión social (por todo lo anterior y) por la inseguridad, por los gobernadores que han desfalcado a sus estados, por los 43 de Ayotzinapa, por la cada vez más preocupante y creciente cifra de feminicidios en el país y las perennes promesas incumplidas. Unas vez más, la culpa no está en (las barras y) las estrellas, sino en nosotros mismos, pues en nosotros está el impulsar mecanismos que permitan combatir estos y otros problemas del Estado mexicano. Debemos exigir transparencia, rendición de cuentas y mayor participación ciudadana en la toma de decisiones; y nosotros debemos participar.

Algo está podrido…y no es en Dinamarca.

Something is rotten in the state of Denmark”, dice el centinela Marcelo al príncipe Hamlet antes de que apareciera el fantasma de su padre, el Rey, anunciando su asesinato a manos de su hermano, Claudio; por ello es que la frase es utilizada para hacer referencia a la descomposición de un Estado o de un gobierno, debido a la corrupción, la descomposición social, política, o las intrigas y luchas palaciegas. La frase también podría aplicarse a México, pero no en un contexto literario o de historia novelada, sino a la turbia, violenta y triste realidad, que no deja de dolernos, de sorprendernos, de acostumbrarnos. Las historias –a veces historietas- de gobernadores o ex gobernadores, que desde que estaban en ejercicio de sus funciones eran acusados de corrupción, represión o incluso de crimen organizado y luego de abandonar su cargo están prófugos habiendo dejado a sus estados quebrados y endeudados, indignan, pero poco extrañan a una población acostumbrada al encubrimiento de la clase política. Las ejecuciones, la inestabilidad política, las reformas ineficientes, el desempleo, la inflación y los “justicieros”, son simplemente expresiones de la, más que crisis, descomposición del Estado mexicano.

Javier Duarte, ex gobernador de Veracruz, solicitó licencia para dejar su cargo 48 días antes de terminar su gestión y entregar el despacho al panista de turbio pasado, Miguel Ángel Yunes. La razón, según Duarte Ochoa, descansaba en su amor por Veracruz y abrir la posibilidad a una investigación que lo exonerara de acusaciones como lavado de dinero y delincuencia organizada, principalmente. Pero como se anunciaba y cualquier persona con un uso eventual de su intelecto podía adivinar, Javier Duarte aprovechó esa oportunidad para huir o al menos, esconderse. La sospecha de pacto o encubrimiento –una vez más- ha dominado la opinión pública. Y es que la evidencias de culpabilidad eran claras, las pruebas de enriquecimiento ilícito y de fraude contra las arcas del estado eran cosa de todos los días, meses, incluso años antes de que pidiera licencia Javier Duarte.

El ahora ex gobernador deja al estado de Veracruz en quiebra y profundamente endeudado; debiendo cerca de cuatro mil millones de pesos tan sólo a Soriana y a municipios. Por cierto, parte de la deuda a Soriana es producto de la compra de monederos electrónicos que se repartieron en la campaña electoral de Enrique Peña Nieto en 2012. A los ilícitos de Duarte en términos financieros –que es necesario expresarlos en cantidades cuasi inimaginables- habría que añadir el crecimiento de la inseguridad, del crimen organizado y la persecución, desaparición o asesinato de periodistas incómodos; alrededor de 20 periodistas muertos, incluido uno asesinado en la Ciudad de México. Pero amén de todas estas sospechas, pruebas o advertencias, Javier Duarte Ochoa gobernó, abusó, reprimió y desfalcó tranquilamente al estado de Veracruz, por 5 años, 10 meses y 12 días. Lo que sucede en este momento, es crónica de una impunidad y encubrimiento anunciados y conocidos.

Caso similar es el del ex gobernador de Sonora, el panista Guillermo Padrés, quien es acusado de enriquecimiento ilícito y desvío de recursos, por más de 30 mil millones de pesos, según la actual gobernadora Claudia Pavlovich. Al momento Padrés cuenta con una orden de aprehensión y más de 200 indagatorias en su contra por irregularidades fiscales malos manejos de las finanzas estatales, es decir, fraude. Pero al igual que Duarte y que muchos otras casos anteriores, presentes y futuros, la respuesta de sus partidos, así como de las autoridades locales y federales, es tardía, insuficiente e ineficiente. La indignación, crece.

La descomposición del gobierno no se limita a la corrupción o al enriquecimiento ilícito, sino a su incapacidad para impartir justicia y garantizar la seguridad sus ciudadanos. La respuesta de la ciudadanía ha ido desde las autodefensas hasta el linchamiento comunitario, pasando por la justicia de propia mano, incluso con sartenes. Hace unos días -el 31 de octubre- se conocieron dos casos de ciudadanos que ante la ineficacia consuetudinaria de las autoridades, así como por el hartazgo de la inseguridad, decidieron hacer justicia por su propia mano, asesinando a los asaltantes. Uno de esos casos se presentó en la carretera México-Toluca a la altura de La Marquesa, cuando cuatro individuos asaltaron un autobús de pasajeros, quienes al salir del transporte fueron atacados por uno de los pasajeros, quien los hirió y finalmente los ejecutó; el “justiciero” –asesino o ambos- regresó sus pertenencias a los pasajeros pidiendo sólo que “le hicieran el paro”, es decir, que no le denunciaran. El otro caso fue la madrugada del mismo día en Aguascalientes, donde tres mujeres defendieron su hogar de un asaltante armado con un machete, dándole muerte con sartenes y ladrillos. Ambos casos si bien son profundamente cuestionables, también son comprensibles. ¿Qué hacer cuando las autoridades no cumplen, cuando son incapaces o cuando de plano están coludidas con el crimen? Cuando la gente ve la clase política se beneficia a costa de ella, que los abusos de acumulan y se combaten sólo en apariencia, ¿es de extrañar que la respuesta sea como las que hemos visto? Las probabilidades de que casos como el de La Marquesa o Aguascalientes se repitan son muy altas; el hartazgo crece y siempre tiene límites. En efecto, algo está podrido en México, pero recordemos –y volviendo al Bardo de Avón- que “la culpa, mi querido Brutus, no recae en las estrellas, sino en nosotros que estamos bajo ellas”.

Cuentas perennes, cuentas que no cuadran, cuentas que también cuentan.

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

En 2012 el candidato del PRI –en esta ocasión Enrique Peña Nieto- hablaba una vez más del nuevo PRI, de lo distinta que sería su administración, de la renovación del Partido y su liderazgo, de honestidad, de transparencia, de apertura, de promesas. Pero tras cuatro años de su presidencia, nos encontramos con lo mismo de siempre, con el mismo PRI del Corporativismo, de las promesas incumplidas, de los discursos vacíos, del enriquecimiento, de la corrupción, de la mezquindad. En campaña, el candidato Peña Nieto hablaba del renovado PRI con nombres como Javier Duarte Gobernador de Veracruz), César Duarte (Gobernador de Chihuahua) y Roberto Borge (Gobernador de Quintana Roo); cuatro años después esos mismos nombres están ligados a acusaciones de corrupción, malversación de fondos, sobre endeudamiento y uso indebido de propiedad estatal. Pero como en el viejo PRI, la impunidad acompaña a las acusaciones. Pero no nos engañemos, corrupción e impunidad caracterizan también a otros partido políticos mexicanos; Guillermo Padrés, Cuauhtémoc Blanco…

El propio presidente y su gente más cercana –Angélica Rivera, Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong- fueron muestra de ese viejo/nuevo PRI al encontrarse claras muestras de conflicto de intereses –al menos- en la adquisición de inmuebles del grupo HIGA y no haber consecuencia alguna gracias a la exoneración por parte de Virgilio Andrade (Secretaría de la Función Pública) mas que el despido de los periodistas que dieron a conocer el ilícito; y por supuesto, una disculpa a destiempo, confusa, vacía. En ese mismo tenor sospechosista y falto de transparencia están Alfredo Castillo Cervantes (ex Comisionado de Seguridad para Michoacán y ahora titular de la CONADE) y Luis Enrique Miranda (SEDESOL), funcionario que no ha hecho su declaración patrimonial completa y llega convenientemente a Desarrollo Social, en vísperas de las elecciones de 2018. Con ello sus nombres y oscuros antecedentes se unen a otros notables e impunes políticos, como Fidel Herrera –otrora gobernador de Veracruz- que como castigo a su deplorable y corrupto gobierno, EPN lo designó cónsul en Barcelona.

La presidencia de EPN –además de seguir con la histórica impunidad gubernamental- se ha caracterizado por los movimientos en el gabinete, ya sean polémicos o cuestionados; desde la renuncia de David Korenfeld a CONAGUA, la de Humberto Benítez a la PROFECO, hasta la remoción de Jesús Murillo Karam (PGR), la de Luis Videgaray (Hacienda), de Emilio Lozoya (PEMEX), de Enrique Ochoa (CFE), el ir y venir de José Antonio Meade (Hacienda, SRE, SEDESOL, Hacienda) o la inexplicable permanencia de Aurelio Nuño en la SEP o de Claudia Ruíz Massieu en la Cancillería; ¿tiene sentido la interlocución una canciller que no dirige la política exterior? ¿Le interesará a Roberta Jacobson dialogar con Ruiz Massieu? La salida de Luis Videgaray -el artífice de las reformas de Peña Nieto y de la visita de Donald Trump- es hasta ahora el movimiento más aplaudido, pero (muy) probablemente ni el otrora secretario de Hacienda saldrá del círculo cercano del Presidente y su proyecto político, ni la razón de su salida sea la que queremos creer: el precio de su torpeza en la visita del candidato republicano. Es decir, es más probable que la salida de Videgaray obedezca a una estrategia del Grupo Atlacomulco teniendo en mente la gubernatura del Estado de México y/o la Presidencia de la República, que a una seria reprimenda por el costo mediático de la visita de Donald Trump.

Mientras parte de la clase política en todo el país incrementa cuentas qué ajustar –aumentando así la impunidad y el desánimo social- el presupuesto de ingresos y egresos presentado hace unos días, trae cuentas que no cuadran dada la situación del país. Uno pensaría que la inseguridad es una de las principales amenazas al Estado mexicano, o al menos uno de los problemas más alarmantes –sin mencionar la pobreza o la falta de desarrollo- sin embargo este rubro sufrió diversos recortes. Michoacán es uno de los estados con más problemas de inseguridad, así como inestabilidad y conflictos derivados de la (necesaria o al menos explicable) aparición de las autodefensas y la prevención del delito a nivel nacional una de las tareas urgentes a fin de combatir estructuralmente la inseguridad en sus distintos niveles, sin embargo en ambos casos los programas desaparecieron para 2017. Esto sin mencionar que la ayuda federal que reciben los estados para combatir la delincuencia disminuyó en casi mil millones de pesos, ni la disminución del 65% en el presupuesto de Plataforma México o de la Fiscalía para la Búsqueda de Personas Desaparecidas, entre otros recortes al presupuesto de egresos en temas graves de nuestro país.

Los dos últimos años de la Presidencia de Enrique Peña Nieto, serán parte de un sexenio –otro más- en que el combate a la corrupción.

Hillary Clinton y Donald Trump, a 96 días de la elección.

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

¿Pánico en el Partido Republicano?

 Luego de las turbulentas convenciones del Partido Republicano y el Demócrata –en Cleveland y Filadelfia, respectivamente- está definida (todo parece indicar) la carrera presidencial que terminará en noviembre entre el millonario Donald Trump y la ex Senadora y otrora Secretaria de Estado, Hillary Clinton. Trump se impuso sorpresivamente a candidatos que contaban tanto con experiencia política, como con el respaldo de la clase política republicana y a jóvenes promesas del Partido; tal fue el caso de Jeb Bush, Rick Perry, Chris Christie, Marco Rubio o Ted Cruz, entre otros. Clinton por su parte, logró vencer con más dificultades de las previstas a un Bernie Sanders, quien si bien no obtuvo la nominación, sí pudo influir en la definición de la plataforma del Partido, dada la gran cantidad de delegados y respaldo popular; ahora, la candidata no está obligada a apegarse a la plataforma, pero deberá al menos seguir los ejes del programa de Sanders, si quiere contar con el apoyo de sus simpatizantes. Pero, ¿cómo inician la carrera ambos candidatos? ¿Qué perspectiva tienen?

El proceso demócrata para definir a su candidato, culminó en medio de escándalos tanto del Partido mismo como de la entonces pre candidata Hillary Clinton; escándalos que incluso hicieron necesaria una investigación del FBI por el manejo irresponsable de información clasificada vía correo electrónico desde la Secretaría de Estado. A fin de cuentas fue exonerada, permitiéndole así seguir en la búsqueda de la nominación; lo que pareció más una decisión política que judicial. Clinton también enfrentaba –y enfrentará durante la campaña presidencial- cuestionamientos con respecto a su responsabilidad en el ataque al consulado estadounidense en Bengasi (Libia). Por último, el Partido Demócrata sufrió unas horas antes del inicio de su Convención un ataque cibernético, mediante el cual se filtraron cientos de correos electrónicos en los que se mencionaba la estrategia del establishment demócrata para asegurar la candidatura de la ex senadora. Estos problemas sin duda representan una dificultad para la campaña de Clinton, principalmente Bengasi y los e-mails, sin embargo el buen posicionamiento en estados clave, la maquinaria electoral demócrata y la superioridad en el financiamiento (a fines de julio Clinton ha reaudado cuatro veces más que Trump, según la Federal Election Comission) presentan una muy halagüeña perspectiva a Hillary Clinton. A esto habría que agregar los desatinos en la campaña de Donald Trump.

La estrategia de Trump o su personalidad -ya a estas alturas no está claro qué domina la campaña- se ha caracterizado por ser altisonante, burda, absurda y confusamente anti minorías. Gracias a esto ganó la nominación republicana, pues le habla a aquellos que no se sienten representados por los candidatos tradicionales del Partido Republicano o Grand Old Party (GOP), a aquellos trabajadores afectados por la Globalización; una especie de Barack Obama de la derecha. Obama le hablaba a los liberales que querían más reformas, más cambios, más gobierno, más democracia y menos capitalismo salvaje, liderazgo y no hegemonía; Trump, le habla a quienes buscan mano dura en seguridad, en migración, en política internacional, menos gobierno y más Mercado. Pero esta exitosa estrategia –demos el beneficio de la duda- está mostrando muy temprano en el día su falibilidad en la elección general.

Trump se ha alejado claramente de las minorías –sin duda un muy bajo porcentaje de mujeres, latinos, musulmanes o negros votarán por él, si es que alguno lo hace- y con ello de muchos electores independientes, pero también lo ha hecho de su propio partido; y eso se acrecienta día con día. A sólo semanas de haber aceptado la candidatura, Donald Trump entró en un desafortunado debate con el padre del capitán Humayun Kahn, muerto en servicio en Irak; con Paul Ryan (Speaker of the House) y con el senador John McCain, al no apoyarlos en su reelección para sus respectivas cámaras; y con la Comisión para los Debates Presidenciales (Comission for Presidential Debates, CPD), por programar convenientemente para Hillary Clinton –afirma Trump- dos de los tres debates presidenciales coincidiendo con juegos de la NFL; sin embargo, el calendario de debates se hizo público el 23 de septiembre de 2015. Esto sin mencionar la exigencia de que haga públicos sus declaraciones al Internal Revenue Service (ISR); tema por demás delicado, al parecer.

Los desatinos (al menos) semanales de Trump han provocado que su jefe de campaña, Paul Manafort, exprese su frustración con respecto a la falta de disciplina del candidato; que cada vez más miembros de la clase política republicana declaren que votarán por Clinton o al menos no lo harán por su partido; que su compañero de fórmula, Mike Pence, lo contradiga abiertamente con respecto al apoyo a Ryan y McCain; y que los sondeos en estados clave como Pensilvania, Virginia, North Carolina, Nevada, Colorado o Florida, se vayan decantando por la candidata demócrata. Esto es mortal para la campaña de Trump, pues no sólo los demócratas tienen virtual ventaja en el Colegio electoral (202 votos contra 154) sino que hasta fines de julio Clinton cuenta con 84 millones de dólares, frente a los 22 de Trump. A este respecto vale la pena mencionar que el millonario neoyorkino podría optar por financiamiento federal –que asciende a 96 mdd- con lo que alcanzaría a Clinton, pero tendría que renunciar al financiamiento privado; no obstante, el perfil anti gobierno federal de Trump, hace prácticamente nula esa posibilidad.

Ante tal escenario el Partido Republicano podría asumir una escandalosa derrota en la elección presidencial pero proteger el Congreso –que parece ser la opción elegida- apoyar a un candidato que no les simpatiza y que podría traer altos costos, o aplicar el artículo 9 de la Comisión Nacional Republicana y cambiar al candidato. Esto no ha sucedido, pero ya que el artículo establece esa posibilidad en caso de “muerte, renuncia o cualquier otra cosa”, se abre esa alternativa. La pregunta es ¿hasta dónde llegará el pánico del Partido Republicano? Una cosa es cierta, con las semanas se incrementa.

El camino a la Casa Blanca: cuesta arriba e incomodidad para el GOP

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

El escenario de una Convención disputada o abierta prácticamente ha desaparecido, con lo que se confirmaría la contienda entre Hillary Clinton y Donald Trump por la presidencia de los Estados Unidos de América. La elección tendrá lugar el segundo martes de noviembre –en esta ocasión martes 8- y aunque todavía falta que los candidatos acepten la nominación en sus respectivas convenciones, veremos de aquí hasta ese momento una gran cantidad de encuestas y proyecciones que de una u otra manera nos mostrarán parte del escenario electoral, principalmente en estados que podrían decidir quién ocupará la Casa Blanca en los próximos cuatro u ocho años. En este artículo presentaré la situación que parecen enfrentar ambos partidos, partiendo de la pregunta ¿podrá Donald Trump repetir la sorpresa y convertirse en el 45º presidente de los EEUU?

Aunque en un principio la élite política del Partido Republicano –el establishment Republicano- no consideró posible que Donald Trump fuese el eventual candidato del Grand Old Party (GOP) –como se conoce a dicho Partido- conforme la candidatura del empresario neoyorkino cobró fuerza, aquella intentó evitar que se convirtiera en su abanderado. No obstante, el apoyo a John Ellis “Jeb” Bush, posteriormente a Marco Rubio y finalmente a Ted Cruz –quien inclusive trató de ganar delegados al nombrar a la otrora empresaria y precandidata Carly Fiorina como compañera de fórmula- fueron infructuosos y probablemente ayudaron a la victorias de Trump en Florida, Indiana o Texas, en algún sentido. Es decir, Donald Trump está a punto de ser el candidato Republicano a la presidencia a pesar (o tal vez gracias) al establishment del GOP; habrá que ver cómo pesará esto en la elección general de noviembre.

De acuerdo al sistema electoral de los EEUU un candidato o candidata, necesita 270 votos del Colegio electoral para ganar la Presidencia, por lo que esa es la cantidad que se debe buscar en las sumas y restas de los votos del Colegio electoral que representa cada estado de la Unión. Toda vez que quien gana un estado se lleva todos los votos –a excepción de Nebraska y Maine que pueden dividirlos, pero aportan muy pocos votos del Colegio electoral; 5 y 4, respectivamente- y que las ciudades más pobladas pueden decidir la elección, hay que poner atención en la distribución poblacional y sus características, lo que –dicho sea de paso- ha modificado el mapa electoral. Es decir, la población blanca tradicional (White Anglo Saxon and Protestant, WASP) ya no decide por sí sola cada vez más estados, y son las minorías las que lo están haciendo; mujeres, negros, latinos y homosexuales, principalmente, son grupos de ciudadanos que deben ser más tomados en cuenta como parte fundamental del crisol estadounidense, no sólo en el discurso, sino en las políticas públicas, en el ideario político. He aquí la clave de la cuesta arriba Republicana.

Le elección de 2012 alejó claramente a los Republicanos de las minorías; en aquella Obama obtuvo 332 votos del Colegio electoral contra apenas 206 de Mitt Romney. Pero más aún, confirmó la tendencia Demócrata al alza y la baja Republicana. Si comparamos el mapa electoral de 2004 (GW Bush vs JF Kerry) con el de 2012 (BH Obama vs WM Romney), los Demócratas han ganado en 2008 y 2012 los estados de Florida, Colorado, New Mexico, Ohio, Virginia, Nevada y Iowa, es decir 88 votos del Colegio electoral; eso explica la victoria en 2008 por 365 contra 173 y la ya mencionada en 2012 (332 versus 206), pero también es un indicador importante para esta elección, pues muestra una tendencia.

Donald Trump retó al establishment Republicano y ganó, lo que alimenta su afirmación con respecto a que puede ganar aún sin los Republicanos –refiriéndose a la élite del Partido- el problema para Trump es que si los Demócratas ganan los 19 estados que han ganado en las últimas 6 elecciones más Florida y Washington D. C., Hillary Clinton sería la 45ª presidenta de los EEUU al sumar 271 votos del Colegio electoral; y eso en una perspectiva en cierto modo conservadora, ya que algunas proyecciones dan a Clinton un resultado favorable de 337 contra 201 de Trump. Esta es una de las razones por las que la campaña de Trump y algunas casas encuestadoras, como Quinnipiac University, intentan manipular al electorado amañando algunos resultados en las encuestas. Por ejemplo, el día de hoy -10 de mayo- Donald Trump celebró en redes sociales el hecho de que un estudio de la mencionada Universidad lo ubica por delante de Hillary Clinton en un estado importante, representativo (cuestionable) y no definido, como es Ohio, sin embargo, este estado tiene un 79% de población blanca votante y el estudio se realizó con un 83%, cosa no menor toda vez que la diferencia entre el Republicano y la Demócrata es precisamente de 4%.

Un estado clave en las aspiraciones presidenciales y que ha sido muy peleado es Florida. Muchos podrían pensar que dado que dos de los principales contendientes por la candidatura Republicana pertenecen políticamente a dicho estado –Marco Rubio y Jeb Bush- los 29 votos que otorga Florida irían a la columna de Trump, pero los Demócratas han ganado las dos últimas elecciones ahí. En 2000 GW Bush ganó el estado por 537 votos, pero Obama lo hizo por poco más de 100 mil en 2008 y por cerca de 74 mil en 2012; y lo que es más, Clinton aventaja a Trump por 7% de acuerdo al promedio de Election Projection, según distintas encuestadoras en un reporte actualizado el día de hoy (mayo 10).

Si vemos el escenario desde la perspectiva Republicana la situación es peor, pues aún ganando los estados que tradicionalmente obtiene o que ha ganado en las últimas seis elecciones, el GOP contaría con 102 votos electorales, es decir que aún debería buscar 168 más. Cierto, es muy probable que gane 9 estados más que significarían 117 votos del Colegio electoral y podría pelear Colorado y Florida, que los llevaría a 255, pero aún así quedaría corto por 15 votos. La pregunta no es sólo de dónde sacaría esos votos, sino si alcanzará los votos necesarios para estar en la pelea, y es que la apuesta Republicana en las últimas dos elecciones ha sido por el voto blanco, alejándose de las minorías; estrategia que no sólo está repitiendo Donald Trump, sino que está yendo más allá al afirmar que podría ganar sin el establishment Republicano.

En cierta forma Donald Trump es la expresión de Obama en el GOP, es decir, Barack Obama tuvo un gran apoyo del electorado por ser un outsider, es decir, un político ajeno (hasta cierto punto) a la clase política tradicional, al establishment Demócrata. Por eso Trump ha tendido tanto apoyo en estados como Indiana o incluso Florida, pero Obama contaba con las minorías y eso decidió el proceso electoral; lección –al parecer- aprendida por el Partido Republicano al contar con candidatos como Carly Fiorina, Ben Carson, Ted Cruz o Marco Rubio, pero el candidato será Donald Trump. La carrera por la Casa Blanca está definida y al momento, es cuesta arriba para el Grand Old Party y su incómodo candidato.