Rebelión en Siria

Por Amando Basurto Salazar-

Una y otra vez se escucha decir, o se lee en los medios, que son pocos los días que le restan al régimen de Bashar al-Assad, presidente de Siria. Por fin, durante estas dos semanas hemos podido ver imágenes más claras de lo que en aquel país acontece. Y si, confirmamos que es un caso grave de violencia. Pero aún es muy difícil hacerse de información que lleve a un juicio claro e identifique plenamente al “grupo opositor”.

Los medios noticiosos no se cansan de recetarnos las viejas formas de hacer crónica sin tener clara idea de los sucesos y sin el mínimo rigor en el uso de la palabra. Y no es necesario ser un literato para poder distinguir entre “manifestantes” y “rebeldes.” La diferencia es fundamental en estos casos. Los primeros protestan públicamente tratando de alzar la voz –a veces con desobediencia civil– pero dentro del marco legal y político vigente. Los segundos toman calles y enfrentan a los cuerpos de seguridad utilizando algún tipo de arma y, aún más importante, desafían y exigen la dimisión de quienes están a cargo del gobierno y el cambio de la estructura legal y política. Sin esta distinción se vuelve imposible comprender lo que sucedió en Libia y lo que está acaeciendo en Siria. Simplemente no se puede comprender la posible racionalidad que tienen los embates que el ejército Sirio lanza contra sus opositores en las calles de Hama.

Al igual que sucedió en Libia, la sensación que dejan las notas mediáticas es que el gobierno ha utilizado una fuerza militar desmedida para detener “manifestaciones pacíficas.” Sin desechar la posibilidad de que estos regímenes en verdad sobre-reaccionen a manifestaciones civiles en sus países, es simplemente muy difícil creer que el gobierno Sirio esté gastando tantos recursos en detener “manifestaciones pacíficas.” Las imágenes que hora tenemos muestran a dos fuerzas (incomparablemente) armadas enfrentándose. Y no se trata –en lo más mínimo– de defender al gobierno Sirio, sino en reconocer la dignidad de rebeldía de aquellos hombres y mujeres que han decidido levantarse en contra de un régimen opresor. Me parece que es denigrante llamar “manifestantes” a un grupo de rebeldes (o revolucionarios).

Utilizar la denominación correcta no sólo permite tener una visión más clara de lo que está sucediendo (el gobierno Sirio está peleando por su subsistencia y Bashar al-Assad por su vida), también permite utilizar argumentos más inteligentes que el de “intervención humanitaria,” como el de reconocimiento de “beligerancia”. Reconocer el status de beligerancia significa que otros Estados y Organismos Internacionales le reconocen garantías internacionales al grupo que, en este caso, se ha levantado en contra del régimen Sirio (Consejo Nacional Sirio y el Ejército Sirio de Liberación). Esto implica otorgar espacio jurídico-político al grupo rebelde y calificar el principio de soberanía del Estado Sirio.

Esto explica tanto la portada del último número de The Economist como el contenido del artículo titulado “How to set Syria Free” (¿Cómo liberar Siria?) en su interior. La portada del número publicado el 11 de febrero pasado no muestra a un grupo de manifestantes sino a un nutrido grupo de rebeldes, muchos de ellos armados con rifles Kalashnikov. Después de explicar las razones por las que bombardear al ejército Sirio jugarían a favor de gobierno de al-Assad (y en contra de un desorganizado y desunido Ejército Sirio de Liberación), The Economist propone que el grupo rebelde muestre unidad y convenza a Kurdos y Cristianos de apoyarlos en contra del régimen. Acto seguido, la editorial propone que Turquía establezca y defienda una zona de seguridad (safe haven) al noroeste de Siria como la “creada para los Kurdos en el norte de Irak,” que permita la agrupación y entrenamiento del Ejército Sirio de Liberación y la formación de una “oposición creíble.” Lo meritorio del artículo es que en vez de recurrir al discurso “humanitarista” señala que lo que hay que hacer es reconocer y en su caso apoyar a los rebeldes. El grave problema es que parece ignorar por completo que los Kurdos son un grupo étnico que ha luchado históricamente por su independencia y se ubican al norte de Irak, norte de Siria y este de Turquía. De hecho, la mayor concentración poblacional de Kurdos se ubica en Turquía. Esto significa que si el gobierno turco aceptase establecer una zona de seguridad también aceptaría la posibilidad implícita de que en algún momento se cree una dentro de su territorio para proteger a la población kurda. Eso, muy probablemente, no va a suceder.

El presidente Bashar al-Assad quema las naves e invierte toda su morralla política en decretar el fin del gobierno de emergencia (que ha estado activo desde 1963) y en una reforma constitucional que termine con el unipartidismo. Liberalizar el país en medio de una revuelta resulta usualmente en una estrategia fallida. Es posible que la República Árabe Siria llegue pronto a su fin como la conocemos hoy, pero no lo hará sin agotar todas las instancias de fuerza y fuego que tiene a su alcance. Evitemos pues opiniones ideológicamente ingenuas, a nadie nos sirven.

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